Vengerov y Osentinskaya: un solo corazón

Maxim Vengerov, violín. Polina Osetinskaya, piano. Sonata para violín y piano en Sol menor, D. 408, de Franz Schubert. Sonata para violín y piano, Op. 134, de Dmitri Shostakovich. Sonata para violín y piano no. 3 en Re menor, Op. 108, de Johannes Brahms. Ciclo Aura. Teatro Colón. Función del 18/5/2026.

Maxim Vengerov y Polina Osentinskaya, un dùo virtuoso para inaugurar el ciclo Aura 2026. Foto: Juanjo Bruzza / Gentileza Prensa TC

El ciclo Aura, consistente en una coproducción entre el Teatro Colón y una agencia y productora de artistas, comenzó una nueva temporada, que consta de dos conciertos de cámara y de dos recitales de canto con lo que se anuncia como una orquesta ad hoc para este segundo tipo de propuestas.

La que rompió el hielo este año –y vaya si lo hizo- fue la que implicó el regreso del violinista Maxim Vengerov (Novosibirsk, 1974), en esta ocasión junto a la pianista Polina Osetinskaya (Moscú, 1975). Nacidos ambos en la Unión Soviética (aunque Vengerov se hizo luego ciudadano israelí, a partir de su emigración a ese país en 1990), el entendimiento de ambos artistas no se puede reducir a su pertenencia generacional: prácticamente sin mirarse uno a otro lograron, aun en una sala enorme como el Colón, cuya intimidad es esencialmente acústica, el desiderátum de lo camarístico: hacer música como un diálogo entre iguales.

Porque si Vengerov es un virtuoso sin atenuantes, capaz de superarse en madurez a lo que se percibió en su última visita, que lo encontraba en una suerte de meseta, Osetinskaya no lo es menos, ya que por toque y por personalidad logró el protagonismo que en estas combinaciones suele privilegiar -visual y auditivamente- al violín.

El programa elegido se perfilaba como un plato fuerte: tres sonatas separadas por casi tres cuartos de siglo cada una, pero no en orden cronológico: la Sonatina en Sol menor de Schubert, de 1816; la Sonata de Shostakovich, de 1969, y la tercera Sonata para violín y piano de Brahms, concluida en 1888. Esta homogeneidad de formas no lo es, en cambio, de lenguajes: el Clasicismo de Schubert –que compuso sus tres Sonatinas cuando Beethoven ya había realizado su aporte fundamental al género- es más bien de índole mozartiana; en Brahms, por su parte, el Romanticismo se presenta como consumación, mientras en Shostakovich el género que convoca al violín y al piano, en el único exponente salido de su pluma, revela una actualidad poco menos que angustiante.

En manos de ambos virtuosos, el concierto pasó como una ráfaga antes que como un suspiro, aunque no por ello merecen dejar de señalarse algunos aspectos. A despecho de lo dicho, Schubert fue vertido con una enjundia, quizás, beethoveniana; una ejecución históricamente informada (como la que dejaron grabada Christopher Hogwood y Jaap Schröder) pone de relieve casi el folklorismo de una pieza que, pese a su inicial tonalidad menor, no tiene mayores pretensiones expresivas.

No tenemos datos de que la Sonata de Shostakovich se haya tocado en nuestro medio; si así lo fue, no ha sido para nada frecuente. Vale la pena, a título anecdótico, contar el motivo de su composición. Shostakovich quería dedicar una obra al violinista David Oistraj para su sexagésimo cumpleaños, y para eso escribió, en 1967, su segundo Concierto para violín. Sin embargo, al obsequiarlo con la partitura, Ositraj le advirtió que ese año cumplía cincuenta y nueve, no sesenta, ante lo cual el compositor decidió escribir otra obra al año siguiente, que no es otra que esta Sonata Opus 134, casi un “presente griego” por su enorme dificultad. Su dedicatario la estrenó en 1969 en la Gran Sala del Conservatorio de Moscú, el mismo ámbito en el que Polina Osetinskaya debutó a los once años con el Concierto no. 23 de Mozart.

En tres movimientos, la Sonata comienza con una amplia frase del violín que instala en escena la idiosincrasia de Shostakovich: su amargura entre líneas, solapada entre amagos de ironía y sólo por momentos ferozmente revelada. El motivo expuesto por el violín sul ponticello a manera de tremolo se revela en esta obra como una suerte de marca de fábrica; de hecho, reaparece al final del extenso tercer y último movimiento, luego de haber transitado una passacaglia con implacables pizzicati.

Tras el necesario intervalo, la Sonata de Brahms justificó el apartarse de la cronología: se trata de la tercera y última de las que Brahms dedicó al género, acaso la más profundamente romántica y equilibrada para ambos instrumentos, con un final agitado y capaz de arrancar aplausos que, por suerte, no habían interrumpido previamente el adusto derrotero del autor soviético.

Fuera de programa, Vengerov y Osentinskaya ofrecieron la poco frecuente Danza húngara No. 17 de Brahms, la hermosa Melodía de Chaikovski, la marcha de El amor por tres naranjas de Prokofiev y otra marcha debida a Fritz Kreisler.

Fue una velada de altísimo nivel, por repertorio y por interpretación, que produjo el tipo de acontecimiento artístico de nivel internacional al que el Teatro Colón y su público nunca debe dejar de aspirar.

Daniel Varacalli Costas

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