Los cuentos de Hoffmann: entre la ficción y la vida
Los cuentos de Hoffmann. Ópera en un prólogo, tres actos y un epílogo. Dirección musical: Carlo Montanaro. Dirección de escena e imágenes: Eugenio Zanetti: Escenografía y vestuario: Sebastián Sabas. Iluminación: Eli Sirlin: Coreografía: Irene Martens. Visuales: Bruno Arantes, Felipe Giuliano. Reparto: Leonardo Caimi, Daniela Prado, Nahuel Di Pierro, Constanza Díaz Falú, Laura Pisani, Mariana Carnovali, Pablo Urban, Reinaldo Samaniego, Sebastián Angulegui, María Luján Mirabelli, Mario de Salvo, Gabriel Centeno, Lean Sosa, Leonardo Fontana, Augusto Nureña. Orquesta Estable del Teatro Colón. Coro Estable del Teatro Colón. Director: Miguel Martínez. Teatro Colón. Función del 14/10/2026.
Ya
en otro orden de cosas, que el Colón haya programado la ópera póstuma de
Jacques Offenbach es un acierto, dado que esta institución musical es, por su escenario y sus
recursos, la única actualmente en el país capaz de sostener un título de tal
magnitud, en especial por la cantidad de personajes que requiere cubrir. Al
mismo tiempo, haber programado dos elencos, abriendo el indispensable espacio a
los artistas nacionales, es otro punto positivo a señalar, y es por eso que vale la pena reseñar una de las funciones fuera de abono.
En
el plano vocal el nivel fue homogéneo, con especial relevancia de las voces
femeninas y los comprimarios. Esto tiene una explicación: tanto el protagónico
como la cuádruple encarnación diabólica asumida por un mismo titular, deben
enfrentar una importante exigencia a lo largo de toda la ópera, lo que en este
caso provocó que a los respectivos cantantes se los oyera fatigados hacia el
final. El tenor calabrés Leonardo Caimi, de ascendente carrera internacional, compuso
un Hoffmann con un registro entero, grato y muy en estilo; igualmente bella es
la voz de nuestro bajo Nahuel Di Pierro, aunque quizás no tan adecuada para el
perfil maléfico de los personajes, al margen de una muy lograda actuación. Convenientemente
dosificados, en cambio, los personajes femeninos descollaron en sus respectivos
roles: Constanza Díaz Falú compuso una Olimpia con ágiles coloraturas e
impecable gestualidad; Laura Pisani como Antonia (también fue Stella), con una
voz algo más densa que la que suele pedir la juventud de su personaje, se oyó
magnífica, tanto al inicio del acto como en el terceto final. Mariana
Carnovali, a quien no ha sido frecuente escuchar en el Colón, impactó con una
voz entera, sensual y de importante volumen. Finalmente, el rol que en esta edición
de Los cuentos… es el hilo conductor
de los diversos relatos -el personaje de la Musa y alternativamente Nicklausse-
fue asumido por Daniela Prado, quien sostuvo da capo al fine con total entereza, compromiso expresivo y
solvencia técnica el complejo papel.
Los
personajes de flanco merecen una atención especial, ya que fueron todos
extraordinarios, y no es un dato menor: no solo en esta ópera, sino en casi
todas resultan esenciales para que la cosa funcione. Destaco en primer lugar a
quien asumió con singular eficacia el también cuádruple papel de los característicos:
Pablo Urban; luego el Crespel de Sebastián Angulegui, por su presencia escénica
y comunicatividad; el potente Schlemil de Mario De Salvo; el Spallanzani de Reinaldo
Samaniego, que casi se roba el acto de Olimpia, la experiencia de María Luján
Mirabelli en la voz de la madre de Antonia, y en general, las correctas intervenciones
de Lean Sosa (Hermann), Gabriel Centeno (Nathanael) y Leonardo Fontana (Luther).
La
dirección musical a cargo de Carlo Montanaro, violinista y director de orquesta
de trayectoria internacional, resultó altamente profesional, en particular en el
balance entre el foso y el palco escénico, que en este caso se advirtió, al
menos desde la platea, siempre muy cuidado. Por su parte, la Orquesta Estable
lució hermoso sonido en todas sus filas, desde la cuerda hasta los vientos, como
en el pasaje para bronces al comienzo del epílogo. En el costado más discutible
está la tendencia mundial a la velocidad y a no dejar respirar a las frases, lo
cual puede afectar por momentos la cantabilidad, como sucedió en el aria de
Frantz, la canción de Kleinzach en su réprise
del epílogo (que debería arrancar como algo que fue interrumpido) y en especial
en la famosa Barcarola del acto veneciano, que comenzó con un fraseo cortado y
problemas de coordinación. Por su parte, el Coro Estable, una vez más, bajo la
dirección de Miguel Martínez, cumplió una tarea destacada.
Merece
también un comentario la edición elegida, análoga a la utilizada en 2019, al
parecer la Oeser con algunos ajustes, en lugar de la tradicional Choudens, que
resulta más sintética y acaso afín al espíritu que conocemos de Offenbach (y
que no sabemos si él hubiera querido mantener). No se trata del orden de los
actos (en lo personal prefiero el acto de Antonia en la mitad, separando con su
dramatismo implacable los climas más volátiles de las historias de Olimpia y
Giulietta); también se recibe con gratitud que no se suprima el aria “Scintille,
diamant” de Dapertuto, por más que no la haya terminado la mano del compositor.
El mayor problema, sin duda, está en el final, coronado por una solemnidad que
choca con la eficaz conclusión de la vieja edición, donde Hoffmann, totalmente
borracho, es redimido por la musa y por el clima dionisíaco con que sus
camaradas cierran la historia, que continúa, claro está, con un personaje a quien
solo lo salvará hacer literatura con lo que acaba de contar. Esa genial circularidad,
al mismo tiempo también fresca y esperanzada, es sustituida por una retórica declamación
donde la Musa y Hoffmann son inexplicablemente secundados por Stella y Lindorf.
Pero,
como en la ficción, también en este caso la ópera continuó luego de su final. Terminados
los saludos, el compañero de Eugenio Zanetti (en el trabajo y en la vida),
Sebastián Sabas, avanzó hacia el proscenio para dejar sobre el escenario un
ramo de flores, mientras en el telón se proyectaba la imagen del artista
ausente y se parafraseaba la idea final de esta versión de Los cuentos de Hoffmann, que prefiero traducir así: “Se es grande
por el amor, pero más grande por las lágrimas”. Aquí sí, con los últimos
acordes y los persistentes aplausos resonando todavía en el aire, el arte se
encontró con la vida.
Daniel Varacalli Costas




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