Theodora de Händel, o la autonomía de la música
Theodora. Oratorio en tres partes, HWV 68, de Georg Friedrich Hándel. Solistas: Marie Lys, soprano; Iestyn Davies, contratenor; Alice Coote, mezzosoprano; Guy Cutting, tenor; John Chest, bajo. Director de escena: Thomas Guthrie. Iluminación: Rick Fisher. English Baroque Soloists. Monteverdi Choir. Director musical: Christophe Rousset. Mozarteum Argentino. Teatro Colón. Función del 2/11/2026.
Aun contando nuestro
país desde 1991 con la Sociedad Händel, dirigida por Sergio Siminovich, quien logró
completar la ejecución completa de los oratorios del caro sassone, la
presencia de Händel en el escenario musical actual no se condice con su
estatura de coloso -junto a Johann Sebastian Bach- que la historia de la música
le asignaba hasta hace algunas décadas. Distintos como el agua y el aceite,
Bach y Händel representan sendas síntesis de toda una época a los que el
destino premió, en el caso de Händel, con una fama póstuma y duradera, y en el
de Bach, con un olvido igualmente póstumo y duradero, tendencias que hoy
parecen haberse invertido.
Por suerte la
historia de la música y sus “clásicos” no es estable y suele variar a lo largo
del tiempo, pero Händel sin duda alcanza tan magnitud expresiva que, como
demuestra Theodora, uno de sus últimos oratorios, contribuye a sostener
una característica de la música de la que poco se habla: su autonomía.
En efecto: si
la música, como expresión artística, no se bastara a sí misma, óperas como Il
trovatore u oratorios como Theodora, cuya versión completa supera
las tres horas y narra una historia muy envejecida, difícilmente sobrevivirían.
Porque cuando el texto parece tener ya poco que decir al oyente de hoy, menos quizás
por sus valores que por su manera de expresarlos, la música en cambio prevalece
y sostiene algo que logra anidarse en el corazón y en la mente de un habitante
del siglo XXI para resonar dentro de él.
Y acaso para
que esa resonancia tenga un fulgor más rutilante se necesitó que el movimiento
historicista rescatara, a través de sus réplicas de instrumentos, pero también a
través de una renovación estilística, un decir que no se confundiera con el que
tanto halagó el oído del oyente durante el siglo XIX y buena parte del XX. “Lo
viejo funciona”, según el refrán de moda, se aplica a esta manera de hacer la
música del Barroco y aun del Clasicismo (con perdón de lo elemental de estas
etiquetas) para que éstos mantengan su vigencia, hasta tal punto que los grupos
con instrumentos modernos han copiado esta manera de hacerse oír, casi diríamos
que de manera irreversible.
En esta
ocasión, el francés Christophe Rousset, creador de los famosos Talens Lyriques -lo
que acredita su filiación en la ópera- asumió la dirección de ambos conjuntos
con mano sensible y tendencia a un enfoque meditativo, extremadamente sutil, acaso
menos objetivo y contundente que lo que sonaba en manos de Gardiner. Para esto
cuenta con virtuosos de primera línea -no queda nadie de la época fundacional
de estos ensambles- y solistas admirablemente entrenados. Ente ellos, los cornos
naturales con sus pabellones hacia arriba, una contrabajista excepcional, un
fagot de enorme dulzura y unas voces de gran transparencia, son apenas algunas
pinceladas de esta paleta.
La propuesta, sabiamente
acotada a exactas dos horas diez minutos de música, contó con una dramaturgia,
si bien carente de escenografía, que aportó a través de sus movimientos escénicos
un dinamismo necesario y bien guiado por Thomas Guthrie, apoyado en un diseño
de iluminación de Rick Fisher que se valió de las posibilidades en la materia
de una sala como el Colón, demasiado grande para la propuesta, pero demasiado
bella también. En algunos casos, los guiños no parecieron aportar demasiado, como los coreutas
de negro con zapatillas blancas alzando las sillas cromadas cuando estalla el
Allegro de la obertura; más tarde manipulando una marioneta o en el final, vestidos
con informal ropa de calle o directamente veraniega, vaga manera de afirmar una
vigencia difícil de encontrar y, par contre, de confirmar la necesaria autonomía
del discurso musical que justifica todo lo demás.
Varios momento
de honda emocionalidad estuvieron a cargo de la mezzosoprano Alice Coote
(Irene), deslumbrante en “As with rosy Steps the Morn” y en “He saw the lovely
Youth”, o de la soprano Marie Lys (Theodora) en “Angels, ever bright and fair”;
apreciables los restantes solistas: el contratenor Iestyn Davis como Dídimo, el tenor Guy Cuttin
como Septimio y John Chest como Valente.
A diferencia de
la forzada concepción -y para muchos gratuitamente insultante- de la abreviada Theodora
de la temporada 2021 del Colón, esta vez, gracias a los buenos oficios de estos
intérpretes, Theodora logró mostrar las variadas facetas de un genio
como Händel: no sólo la dicha con la que se lo asocia por el Mesías y en
general por la luminosidad de su música operística e instrumental, sino la
piedad, el valor y la esperanza que, mediados por la persistencia del poder y el dolor, siguen interrogando al oyente de hoy.
Daniel Varacalli
Costas
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