María Dueñas debutó en el Colón con la Camerata Salzburg
Camerata
Salzburg. Director: Gregory Ahss. Programa: Obertura de “Las bodas de Fígaro”, de Wolfgang
Amadeus Mozart. Concierto para violín y orquesta en Mii menor, Op. 64, de Felix
Mendelssohn (Solista: María Dueñas, violín). Sinfonía n.º 2 en Re mayor, Op. 36,
de Ludwig van Beethoven. Teatro Colón. Mozarteum Argentino. Función del 5/10/2026.
La
extraordinaria temporada 2026 del Mozarteum Argentino tuvo un nuevo capítulo en
el Teatro Colón con el debut de la violinista española María Dueñas Fernández,
una de las solistas de su instrumento de mayor proyección internacional en estos
momentos. El marco estuvo dado por la Camerata Salzburg, que resulta ser la lejana
heredera de la fundada en 1952 por Bernhard Paumgartner (el maestro que llevó a
Karajan a convertirse en director de orquesta) y alcanzó su época de oro durante
los veinte años en los que tuvo al frente a Sándor Végh. Luego de 2016, tras el
alejamiento de Louis Langrée, esta Camerata de la ciudad natal de Mozart -que a
juzgar por su Web parece querer dejar atrás esta historia de cara a sus 75 años-
decidió actuar sin titular, por lo que se la escucha ahora en manos de su concertino
Gregory Ahss (quien actúa de hecho como director, sin tocar su instrumento).
Ahss
nació en Moscú y continuó su formación en Israel; lideró la Orquesta de Cámara de Lucerna y la Gustav Mahler, tan identificadas con
Claudio Abbado, antecedentes éstos más que estimables.
Por
su parte, María Dueñas (homónima de una famosa escritora española, con quien no
tiene parentesco aparente) nació en Granada en 2002; cuenta por tanto
veintitrés años y una importante cantidad de premios en su alforja. Su
formación la adquirió en Alemania y luego en Viena con Boris Kushnir, maestro
también de nuestra Pilar Policano.
El
programa ofrecido en el Colón resultó convencional, centrado en el Clasicismo y
el primer Romanticismo con Mozart, Mendelssohn y Beethoven.
Dueñas
eligió para este debut en gira latinoamericana el Concierto en Mi menor
de Mendelssohn, buena arena para lucirse si se tienen medios, y por cierto Dueñas
los tiene. Es una joven virtuosa, de pasmosa seguridad, con un sonido tendiente
a lo brillante aunque no siempre parejo, y un enfoque que, por un lado, hace honor
a sus pocos años por la pujanza casi desbordante -lo cual no necesariamente
implica apasionamiento- y al mismo tiempo a las tendencias interpretativas
actuales que privilegian la velocidad por sobre la respiración de la frase. Y
en ese sentido, toda su parte transcurrió en una constante tensión, por
momentos crispada, con poco lugar para que el oyente se sienta allí recibido, una
sensación muy distinta de la que, en lo personal, ofreció el veterano Pinchas
Zukerman la semana pasada en la mismo sala. Pero no se trata, claro está, solo
de diferencias de edades, sino más bien de un clima de época. También a diferencia
de Zukerman, sin decir palabra -pese a su imaginable español- Dueñas acometió fuera
de programa y según informó la prensa de la entidad, el Valse triste de
Franz Von Vecsey, un violinista húngaro que compuso esta obra en 1913, quizás
emulando la homónima de Sibelius (que es 10 años anterior), compositor que Von
Vecsey contribuyó a difundir.
En
cuanto a la Camerata Salzburg, en lo que podríamos considerar su nueva etapa,
tuvimos un anticipo de su perfil artístico con la Obertura de “Las bodas de Fígaro”
que abrió el concierto. Hubo allí también velocidad, alta afinación e
indicaciones agógicas extremas (tanto de dinámica como de fraseo), que plasmaron
de manera vital esta breve pieza de presentación. Vendría luego del intervalo
la Segunda sinfonía de Beethoven, obra, como la Primera, de compleja
definición estilística en tanto anticipa lo que Beethoven hará en el terreno
sinfónico luego de la Heroica, pero sin salirse de una Clasicismo de
cuño, si se quieren haydiano, pero con un humor de ceño naturalmente beethoveniano,
mucho más áspero que el propone en su deliciosa Octava. Y aquí se advirtió con mayor claridad el enfoque de Gregory Ahss y su conjunto, llevado a cierto
extremo que tornó el resultado contundente, pero también poco propicio a la musicalidad
del Clasicismo. Ataques abruptos, sforzandi y crescendi muy subrayados,
acordes con timbales y trompetas de gran protagonismo, todo liderado por el gesto
amplio y gimnástico del concertino sin arco pero sí con batuta, redundaron en un resultado
torvo por momentos, casi agresivo, muy lejos de la visión tradicional con que pueden
concebirse estas obras. Se trata de la resultante de un proceso histórico que comenzó
a mediados del siglo XX y se profundizó en los años ’80 y ’90: el historicismo.
Claro está que con instrumentos de época, capaces de la ligereza de sonido y el
detalle de articulación que requieren estas destrezas, y de la variedad de
colores que compensan los restantes parámetros, el resultado suele ofrecer un mayor balance, al margen de las dificultades de afinación y el volumen reducido
para una sala como el Colón. Pero con instrumentos modernos, aun con un ensamble
de 35 músicos como el que se reseña, la radicalización de esta tendencia se vuelve
de una insistencia poco amigable a un oído que no privilegie en la escucha solo el
virtuosismo técnico, que la Camerata Salzburg por cierto tiene y que es sin
duda fruto de un concienzudo trabajo. La música, claro está, puede ser -también-
otra cosa.
Casualmente
-o no- el bis prodigado por el ensamble fue una polka – Viva Hungría- de
Johann Strauss hijo. Allí sí, los vieneses se oyeron con un sonido más relajado
que coronó luminosamente este encuentro absolutamente necesario para nuestra
temporada musical.
Daniel
Varacalli Costas
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