Juan Diego Florez: la madurez de un artista excepcional
Recital del tenor Juan Diego Florez, junto al pianista Vincenzo Scalera. Obras de Mozart, Rossini, Donizetti, Soutullo-Vert, Pérez Soriano, Serrano, Lecuona, Lalo, Gounod, Godard y Verdi. Ciclo Grandes Intérpretes. En el Teatro Colón, el martes 22 de septiembre.
A ocho años de su última actuación en el Colón, volvió a presentarse Juan Diego Florez en este mismo escenario, con un programa que no deparó sorpresas pero sí el placer de volver a escuchar a un artista de primer nivel. Hoy día el cantante mantiene su voz intacta en todo el registro, con cierta oscuridad inherente al paso del tiempo, lo cual Florez convierte en virtud al unir el repertorio francés y verdiano con el perfil belcantista que siempre lo ha tenido entre los principales intérpretes de su generación.
Pese a que Luciano Pavarotti en algún momento lo haya ungido “su heredero”, hay diferencias bien marcadas entre Florez y el legendario tenor italiano. De personalidades notoriamente distintas, la elegancia en el fraseo, la mesura interpretativa y la cuidada emisión del tenor peruano contrastan con la recordada espontaneidad hasta el desborde de Pavarotti, por ejemplo. Pero cualquier comparación es ociosa cuando se está frente a una figura de la talla de Florez, a quien el público argentino seguramente merecería escuchar en una ópera completa en este momento donde su madurez artística es una garantía de calidad.
El programa, reiteramos, no se apartó del repertorio habitual de Juan Diego Florez, tanto el de sus grabaciones como el de sus conciertos. Abrió con el aria de concierto Misero! O sogno… Aura che intorno spiri K 431 de Mozart, interpretada por Florez con refinado apasionamiento. El segmento rossiniano trajo un par de canciones de cámara de sus Péchés de vieillesse (La lontananza y L’esule), cantadas con estilo y gracia, y La speranza più soave de Semiramide. Culminando la primera parte belcantista del recital con Donizetti, no podía faltar la inoxidable Una furtiva lagrima de El elixir de amor seguida de Ed ancor la tremenda porta, aria de Roberto Devereux en la ópera homónima, ambas contrastantes y desgranadas por el tenor con adecuado temperamento. Ya en el segundo tramo, Florez viró el recorrido idiomático hacia el español y la zarzuela con la hermosa romanza Bella enamorada de El último romántico, Suena, guitarrico mío con aires de liviana jota, y la simpática Aquí está quien lo tiene tó…. Pasando al segmento francés, resultó una verdadera joya la sutil y delicada interpretación del tenor de Vainement, ma bien-aimée de Le roi d’Ys de Eduard Lalo. Luego vendría el aria de Roméo et Juliette de Gounod, final con Verdi y la poderosa Ah sì, ch’io senta ancor, ch’io respire de I due Foscari, y los bises con la infaltable intervención de la guitarra que Florez tocó con fluidez para homenajear a nuestra música con una intimista versión de El día que me quieras, Zamba de mi esperanza, que le cantaba su madre, y canciones peruanas (incluida la obligatoria La flor de la canela). El pianista Vincenzo Scalera, habitual e impecable cómplice de Florez durante toda la velada y sólido virtuoso en sus tres intervenciones solistas, tuvo un regalo extra: los espectadores y el propio Florez le cantaron el cumpleaños feliz. Mattinata y Amapola cerraron una noche que colmó las expectativas generadas por esta gran figura del canto lírico en la plenitud de su vigencia.
Patricia Casañas


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