Dos conciertos originales en el Palacio Libertad
Coro Polifónico Nacional de Ciegos. Dirección: Juan Camilo Stafforini. Piano: Abel Ghelman. Solista invitado: Damián Bolotin, violín. Eric Whitacre: Cinco canciones de amor hebreas. Carlos Guastavino: Indianas. Georg Friedrich Händel: Dixit Dominus, HWV 232 (Salmo 109). Solistas: Clara Pinto, soprano; Laura Delogu, soprano; Laura Domínguez, contralto; Ricardo González Dorrego, tenor; Mauricio Meren, bajo. Continuo: Abel Ghelman. Orquesta de Cámara del Congreso de la Nación. Dirección: Sebastiano de Filippi. Sala Sinfónica. Palacio Libertad. Función del 10/4/2026.
Orquesta Sinfónica
Juvenil Nacional Libertador San Martín. Director: Mario Benzecry. Coro
Polifónico Nacional. Director. Fernando Tomé. Ave María, para coro femenino y
orquesta Op. 12. Johannes Brahms: Cantata Rinaldo, para solista, coro masculino
y orquesta, Op. 50. Ricardo González Dorrego, tenor. Piotr Iich Chaikovski,
Sinfonía en Mi bemol mayor (Reconstrucción de Semyon Bogatyrev). Sala
Sinfónica. Palacio Libertad. Función del 12/4/2026.
El maestro De Filippi al frente de la Orquesta de Cámara del Congreso de la Nación, con el Coro Polifónico Nacional de Ciegos y solistas, en el Dixit Dominus de Händel.
Renovar la programación es la forma habitual de mantener viva la gran tradición musical de Occidente, lo que en definitiva se ha dado en llamar –y merece seguir llamándose, a despecho del objetable rótulo de “académico”- “música clásica”. Programar, sin embargo, es una suerte de arte en decadencia, si tenemos en cuenta que en los últimos años se viene profundizando la reiteración de lo más trillado (con predominio de lo alemán) debido a la falta de presupuesto para pagar derechos o por pura pereza, pasando por programas que parecen resultado de una función “random” de un ordenador, hasta desembocar en la experiencia anti-musical del concierto con dos sinfonías (acaso por no poder o no querer pagar solistas), especie en pleno desarrollo en las jurisdicciones más diversas. En este contexto, tener la ocasión en menos de 48 horas de apreciar dos conciertos bien programados, donde se busca la renovación del repertorio sin caer en lugares comunes, es un acontecimiento en sí mismo.
La
primera de estas ocasiones tuvo lugar con la feliz colaboración (ya verificada
en años anteriores) entre el Coro Polifónico Nacional de Ciegos, dirigido por
Juan Stafforini, y la Orquesta de Cámara del Congreso de la Nación, bajo la
batuta de Sebastiano De Filippi.
El
concierto tuvo un formato muy matizado, con una primera parte a cargo del Coro,
con acompañamiento de piano y violín, en las Cinco canciones de amor hebreas de Eric Whitacre y las Indianas de Carlos Guastavino. En
este arranque, la dimensión folklórica que recorre este repertorio tan adecuado
para la formación, se vio un tanto mermada por un enfoque carente del nervio,
la afinación y el carácter idiomático necesarios. Sin embargo, en la segunda
parte, la misma formación, a cuyas filas se sumó su ex director Osvaldo
Manzanelli, interpretó con gran profesionalismo el Dixit Dominus de Georg Friedrich Händel, compuesto y estrenado en Italia
en 1707, siendo la partitura manuscrita más antigua que se conserva del caro sassone.
Se
trata de una obra sacra en diez movimientos que musicaliza el texto en latín
del original Salmo 110 (luego 109). La dificultad de la partitura, con un final
doblemente fugado, fue sorteada por el Coro y cada uno de los solistas con
total entereza, guiados por el gesto preciso y comprometido en cada compás del
maestro De Filippi, cuya experiencia en materia canora quedó aquí en evidencia.
Obra e interpretación redundaron aquí en una experiencia de pleno disfrute.
Si
bien este Dixit Dominus no se ofreció
en calidad de estreno local (de hecho hay constancia de que el Ensamble Camerus
lo interpretó en 2024 en el mismo ámbito), no deja de ser una novedad por
tratarse de una obra juvenil pero logradísima de uno de los dos compositores
centrales del Barroco que está inexplicablemente relegado de las
programaciones.
Dos
días después, la Orquesta Juvenil Libertador San Martín, dirigida por su
creador, el maestro Mario Benzecry, ofreció un programa enteramente original,
con el concurso del Coro Polifónico Nacional, dirigido por Fernando Tomé.
Al
borde de sus 90 años, el maestro Benzecry es –junto a sus compañeros de
generación, los maestros Calderón y Perusso- una de las referencias señeras de
la dirección orquestal de nuestro medio. En el caso de Benzecry, además, se
trata de uno de los directores que más obras musicales ha estrenado en la
Argentina, cabeza a cabeza con el legendario Bruno Bandini.
Este
concierto viene a sumar a este récord un estreno de Chaikovski y muy probablemente, de dos obras corales de Johannes Brahms. La inteligencia con que fue armado el programa
permitió alternar en la primera parte las voces femeninas del Coro Polifónico
Nacional en el breve y sensible Ave Maria
del autor del Requiem alemán, con las voces masculinas y el concurso de la orquesta y el tenor Ricardo
González Dorrego en la cantata Rinaldo,
en la que Brahms musicaliza un texto de Goethe (sobre un tema que Händel había
llevado a la ópera, pero desde una perspectiva distinta). La obra, de 1868,
muestra un Brahms poco eficaz en lo teatral, todavía en busca de ese lenguaje
que lo haría trascendente y que parece ir consolidándose sólo hacia las dos últimas
de las siete partes que la integran, donde el sonido orquestal opulento con la
típica armonía brahmsiana va definiendo una identidad.
En
la segunda parte, Benzecry acometió el estreno local de la Sinfonía en Mi bemol mayor, atribuida a Chaikovski en la
reconstrucción que a comienzos de la década de 1950 emprendió el soviético
Semion Bogatyrev y que fue estrenada en Moscú en 1957. No resulta acertado
llamarla Séptima sinfonía de Chaikovski
por varias razones: el compositor ruso descartó un año antes de morir sus
borradores y escribió luego la Patética,
a la que numeró como Sexta, sin
perjuicio de contar ya en su catálogo con la Manfredo. En tanto, adaptó sólo su primer movimiento (el único que había
llegado a orquestar) para un Tercer
concierto para piano, música que se ha escuchado aquí con motivo del ballet
de Georges Balanchine llamado Allegro
brillante, siguiendo la indicación de tempo
de este segmento de música. Sergei Taneiev completó luego, con el Andante y el Finale de la descartada sinfonía, este Concierto para piano no. 3, en el cual solo el primer tiempo es de
la mano del autor de El cascanueces.
Con
respecto a los restantes tres movimientos de la Sinfonía en Mi bemol propiamente dichos, se sabe que Chaikovski los dejó sólo esbozados
y transformó parcialmente el tercero en el Scherzo-Fantaisie,
número 10 de sus Dieciocho piezas para
piano, Op. 72. Esta colección, junto con el Opus 75 asignado póstumamente al movimiento único
de su Concierto para piano no. 3, se
cuentan entre las últimas obras concluidas y catalogadas de Chaikovski.
La
Juvenil San Martín abordó la partitura completada por Bogatyrev con la brillantez
y el empuje que le conocemos, bajo la guía precisa de Mario Benzecry. Una
cierta falta de matices expresivos y de balance orquestal seguramente obedeció
a que se trata una obra desmesurada en lo tímbrico, plagada de ideas no del
todo desarrolladas y con una tendencia a la reiteración. Parece claro que el
problema no fue para Chaikovski la falta de tiempo para terminarla, si se tiene
en cuenta que reutilizó parcialmente el material para otras obras y que compuso
luego nada menos que la Patética. Es
evidente que no estaba conforme con la proyectada sinfonía y lo cierto es que luce mucho
menos inspirada que sus compañeras de catálogo.
Ni
esta valoración (personal) ni el hecho de que sea una reconstrucción (legítima por cierto)
empece, claro está, a que merezca ser conocida y estrenada, dado que esa es la
labor de cualquier organismo musical, como se expresó al principio: mantener
viva la tradición y alimentar la escucha, contrariando la rutina y la improvisación,
al decir de Erich Kleiber.
Por lo demás, varias carencias de funcionamiento del Palacio Libertad, de muy diversa índole, merecen ser señaladas: se extrañó la posibilidad de escuchar el órgano Kleis de la sala (toda vez que fue reparado) en el Dixit Dominus de Händel, en lugar del teclado electrónico que debió sustituirlo; la falta de programas de mano incluso digitales, los procedimientos de ingreso, el trato del personal de seguridad, las deficientes pantallas de sobretitulado (y la traducción misma de Rinaldo) y el curioso manejo de la iluminación de sala, que apaga la luz durante el intervalo y la enciende entre los movimientos de la sinfonía, constituyen aspectos todos que merecen ser revisados en pos de mejorar la experiencia artística.
Daniel Varacalli
Costas


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