El regreso de Pinchas Zukerman y un Ensamble argentino
Pinchas Zukerman, violín. Ensamble Musical de Buenos Aires. Dirección musical: Gustavo Fontana. Programa: Astor Piazzolla: Tangazo: variaciones sobre Buenos Aires. Ludwig van Beethoven: Obertura Coriolano, Op. 62. Ludwig van Beethoven: Romanza n.º 1 para violín y orquesta en sol mayor, Op. 40. Paul Ben-Haim: Berceuse sfaradite (Canción de cuna sefaradí). Alberto Ginastera: Suite del ballet Estancia, Op. 8ª. Max Bruch: Concierto para violín n.º 1 en sol menor, Op. 26. Ciclo Aura. Teatro Colón. Función del 28/9/2026.
El ciclo “Aura” prosigue con su ciclo en el Teatro Colón, en una nueva
entrega que constituyó un verdadero acontecimiento cultural, y por
partida doble.
La primera razón fue la visita de quien solía ser un
asiduo visitante a nuestro país en los años ‘80 y ’90, pero que desde hacía casi dos décadas faltaba de nuestros escenarios. Nos referimos a
Pinchas Zukerman, el violinista israelí que durante tanto tiempo se lo asoció a
Itzhak Perlman, en ocasiones tocando él también la viola. Zukerman además es director:
lo fue de la célebre Orquesta de Cámara Inglesa y también de la Orquesta de Saint
Paul (Minnesota, EE.UU.), con la que debutó para la Asociación Wagneriana en 1981.
Fueron luego famosas sus visitas junto al pianista Marc Neikrug y también liderando
a su ensamble “Zukerman & Friends”, habituales huéspedes del ciclo
Harmonia.
Dos décadas es un largo tiempo para quien ya cuenta setenta
y ocho años y peina implacables canas, aunque no haya perdido el pulso, ni la
musicalidad ni el carácter con el que siempre se lo ha conocido.
La segunda razón que otorgó relevancia a este concierto
fue la presentación del Ensamble Musical de Buenos Aires como continuidad de aquel
fundado en 1966 y liderado por Pedro Ignacio Calderón. Aunque esta continuidad sea
más que nada un hecho simbólico -el conjunto se había desactivado hacía tiempo-
el estar integrado por varios de los músicos más talentosos de nuestro medio -los
solistas Sebastián Prusak, Pablo Sangiorgio, Fernando Rojas Huespe, Diego
Tejedor, Esdras Campos, Fabio Mazzitelli, entre varios otros que cruzan generaciones-
y ser dirigido en esta ocasión por Gustavo Fontana, hizo visible la alegría de
hacer música de manera renovada y junto a una gran figura como Zukerman, a cuya
altura sin ninguna duda estuvieron.
La apertura del programa con el Tangazo de Piazzolla (que
el mismo Ensamble grabó en 1970, con Calderón) agregó un simbolismo más a la
necesaria cuota de música argentina que se redondeó con una enérgica y colorida
versión de la suite de Estancia de Alberto Ginastera, que abrió a su vez la segunda
parte del programa.
Y a propósito del programa, se trató por cierto de un
planteo heterogéneo, con dos líneas claras: la de raigambre folklórica, nacionalista
si se quiere, y otra más vinculada al repertorio central de cuño germánico.
La primera se completó con la Canción de cuna sefardí de
Paul Ben-Haim, un compositor que solía frecuentar el maestro Mario Benzecry y que
en esta ocasión, con Zukerman como solista, se hizo oír a través de una pieza simple
que vibró con sensibilidad y sutileza, rayando la emoción.
Previamente, Zukerman había mostrado las dotes líricas de
su arco en la primera de las dos Romanzas de Beethoven. Se trata de obras que
lo han acompañado durante toda su carrera: con la segunda debutó en nuestro país,
y grabó ambas bajo la batuta de Daniel Barenboim. Del mismo autor, el Ensamble
ofreció la Obertura “Coriolano”, en la que Fontana y sus músicos lograron una notable
transparencia, la cual permitió oír con claridad la voz de las cuerdas graves, sin
mengua de la ductilidad expresiva que requiere la obra: enérgica en su primer
tema, lírica en el segundo y desfalleciente al final.
La obra de fondo para el solista fue el primer Concierto
para violín de Max Bruch. Obra que mide muy alto en su género, verdadero puente
entre el Concierto en mi menor de Mendelssohn y el apenas posterior de Brahms,
encontró en Zukerman un traductor seguro, musical, más dulce que enérgico,
compensando así el empuje y el vigor que el Ensamble, en manos de Fontana,
logró transmitir en los pasajes de texturas más densas, dialogando siempre con absoluta solvencia.
Ovacionado al término del concierto, Zukerman empuñó el
micrófono para dirigirse en inglés al auditorio, recordando, entre otras cosas,
su debut argentino en tiempos difíciles (la última dictadura), reconociendo la
hospitalidad argentina para con sus compatriotas antes y después del nazismo,
deseando un cambio en la política (llamó “idiotas” a quienes hoy detentan el
poder mundial, sin demasiadas distinciones) y agradeciendo contar con una “maquinita”
que tiene 400 años y que sin embargo sigue surtiendo su efecto. Se refería,
claro está, al violín, con el que invitó al público a acompañar tarareando la canción
de cuna de Brahms, en honor de los niños que se han quedado sin padre ni madre,
mientras él embelesaba al auditorio con su arco. “Adiós”, dijo después en
español. Y aunque quizás no todos entendieron (ni era posible ni deseable, en
especial por las imprecisas referencias locales) entender el alcance de todo lo
que dijo con la palabra, no quedó duda de que lo que hubo esta noche en el Colón,
fue música, y de la mejor.
Daniel Varacalli Costas

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