Un triunfo en toda la línea

Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: James Conlon. Programa: Sinfonía no. 7 en Do mayor, “Leningrado”, de Dmitri Shostakovich. Teatro Colón. Función del 1/3/2026.

James Conlon saluda con merecido gesto de triunfo. Foto: Juanjo Bruzza / Gentileza Prensa TC

Esta temporada 2026 de la Filarmónica de Buenos Aires promete no ser una más. Y no es para menos: la agrupación cumple 80 años. Nacida en 1946 como Sinfónica del Teatro Municipal (hoy Teatro San Martín) y rebautizada como Sinfónica de la Ciudad de Buenos Aires, desde 1958 lleva orgullosamente el nombre de Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, asociada a su hogar: el Teatro Colón.

Para dar inicio a esta temporada celebratoria, diseñada por su director artístico, Gustavo Mozzi, el Teatro Colón convocó a uno de los mejores directores de orquesta del mundo: el norteamericano James Conlon. Actualmente director de la Ópera de Los Angeles, con una larga carrera también en Europa, no debe pensarse que su perfil más moderado- y por ende más humano- en relación a otros colegas de tendencias más estelares, va en detrimento de su jerarquía artística. Todo lo contrario: Conlon -que presentó el concierto en logrado español, respeto que siempre se agradece- es el maestro ideal para trabajar con orquestas como la Filarmónica, que demanda este nivel de desafíos.

Y si de desafíos se trata, abrir con la Sinfonía “Leningrado”, una de las más extensas y cargadas de valor de las que 15 que compusiera Dmitri Shostakovich, no es poca cosa. Decisión interesante ha sido repetir el concierto (se ofreció sábado y domingo), lo que siempre vale la pena cuando se trata de trabajos de esta complejidad, a los que el público respondió con auténtico interés y atenta escucha.

Finalmente, se trató del primer concierto en calidad de concertino adjunto de Tatiana Glava, extraordinaria violinista moldava de ya extensa carrera en la Argentina (Orquesta Estable, Ensamble Sixpiccato) que acaba de acceder al puesto que había dejado vacante el maestro Pablo Saraví, y que disputó con justeza con el también extraordinario Pablo Sangiorgio, en un concurso que habla del alto nivel de nuestros músicos.

Volvamos ahora a la “Leningrado”. No deja de ser interesante aprovechar este espacio para aportar un dato sobre la trayectoria de esta obra en nuestro país, información que no existe hoy día en Internet. Antes algunos antecedentes: la Séptima se estrenó primero en Kuibyshev (actual Samara, capital provisoria de la URSS durante la invasión alemana) el 5 de marzo de 1942, y se repitió el 9 de agosto de 1942 en Leningrado, con músicos literalmente al borde de la inanición. Microfilmada su partitura y remitida vía Teherán (rara paradoja en este contexto mundial) llegó a Estados Unidos donde se estrenó el 19 de julio de 1942 en Nueva York, luego de una disputa entre Kusevitski, Stokowsky y Toscanini, en la que prevaleció este último y la Orquesta de la NBC. Poco antes, el 22 de junio de 1942, Henry Wood la había estrenado con la Filarmónica de Londres, en los famosos Proms.

Afiche del estreno en Buenos Aires de la Séptima Sinfonía de Shostakovich en el Gran Rex, el 12 de abril de 1943 a las 22. Fuente: Carlos Manso, Juan José Catro, Ed. De los Cuatro Vientos, Bs,.As., 2006, p. 173.

Lo que puede saberse con precisión gracias a la investigación de Carlos Manso fue que en Buenos Aires se estrenó la “Leningrado” para toda América latina. Fue el 12 de abril de 1943 en el cine-teatro Gran Rex, con Juan José Castro al frente de la Orquesta de la Asociación del Profesorado Orquestal. El concierto fue transmitido a todo el país por Radio Belgrano. Shostakovich supo del acontecimiento y envió el 9 de abril un telegrama a Castro manifestándole su gratitud por la ejecución en estas latitudes. En cuanto a la Filarmónica porteña, siempre acertó con esta obra, que interpretó en 1994 con Eduardo Mata, y por última vez en 1999, con el norteamericano Robert Spano, también como apertura de temporada.

Fue también en aquel 1999 cuando James Conlon concretó su única visita a la Argentina: fue en el Teatro Colón, con la Orquesta Gürzenich de Colonia, para el ciclo Harmonia, en un concierto que dejó flotando el deseo del reencuentro.

Y así se llega a estas funciones que, justo es señalarlo, mostraron a una Filarmónica de altísima calidad, que (contando el ensayo general) en menos de 48 horas debió interpretar tres veces esta partitura monumental.

Arriesgando una hipótesis acerca del excelente resultado que derivó del trabajo entre el Conlon y los filarmónicos, aparece como relevante la amplia experiencia del director norteamericano en ópera. Tal vez sea este el motivo por cual una sinfonía tan maciza, de orquestación tan robusta y con atendible tendencia a una intensidad no exenta de cierta vocinglería, haya sonado en la función del domingo (la que aquí se reseña) con un nivel de transparencia que permitió oír con claridad las voces internas que vertebran la partitura, siempre con tempi precisos y controlados. Conlon equilibró admirablemente los planos, evitando siempre los trazos gruesos y la mera apelación a la estridencia, tentación en la que otros podrían haber caído, generando así tensiones auténticas, nunca de mera superficie, y ahondando en las oscuridades del discurso tanto como en los brillos pretendidamente vacuos.

Es que la “Leningrado”, aunque estandarte de guerra, es en esencia una reflexión sobre el dolor, y acaso sobre la absurda banalidad del dolor autoinflingido que tiene como telón de fondo la guerra. Esta sublimación de lo banal, o si se quiere de lo convencional, hermana en este punto a Shostakovich con Mahler (bastaría para eso escuchar los movimientos internos de la Quinta del compositor soviético). El enfoque de Conlon subrayó este vínculo, en particular en el increíble Adagio, que conduce sin solución de continuidad al final. Los arcos se oyeron en logrado ensamble, guiados por el gesto preciso de Conlon, ya desde el vibrante comienzo, desplegado en toda su vitalidad que se reasume en una conclusión casi bruckneriana, en el que los metales dieron lo máximo, al igual que las maderas, con sus solistas en impecable forma.

El orgánico en pleno de la Filarmónica porteña hace honor a la "Leningrado". Foto: Juanjo Bruzza / Gentileza Prensa TC

En el balance: por lo dicho y lo escuchado, este comienzo de temporada de la Filarmónica de Buenos Aires fue un acontecimiento cultural en toda la línea. Si el resto de la temporada se acerca a este inicio, la orquesta porteña habrá dado un paso más hacia su siempre deseable superación.

Daniel Varacalli Costas

 

 

 

 

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