Herreweghe / Champs Élysées: un convite de lujo
Orquesta des Champs-Élysées. Director: Philippe Herreweghe. Sinfonía no. 8 en Si menor, D. 759, “Inconclusa”, de Franz Schubert. Sinfonía no. 7 en La mayor, Op. 92, de Ludwig van Beethoven. Mozarteum Argentino. Teatro Colón. Función del 1/6/2026.
Por varios motivos, fue un acontecimiento escuchar en el Teatro Colón a la Orquesta des Champs-Élysées, dirigida por Philippe Herreweghe.
Antes que
nada, convocar con recursos privados a una orquesta extranjera de esta
jerarquía al escenario del Colón sólo resulta posible gracias a los buenos
oficios del Mozarteum Argentino, entidad indispensable de nuestro medio musical
que este 2026 está ofreciendo una temporada por todo lo alto.
Lejos queda
la época en que las orquestas extranjeras venían a menudo a nuestro país, entre
las cuales destacaban las que cambiaron radicalmente la interpretación del repertorio
barroco y clásico, que en aquel tiempo de oro del compact-disc, se
promocionaban como agrupaciones con instrumentos “de época”, “originales” o “auténticos”,
aunque se tratara, en la mayoría de los casos, de réplicas de alta calidad, y
aunque el meollo del asunto estuviera, más que en el instrumentario, en el
estilo. De toda aquella pléyade de artistas que dejó una inmensa cantidad de
grabaciones gloriosas, muchos pudieron escucharse en vivo en nuestro país con
sus ensambles, como Pinnock, Hogwood, Goebel, Savall, Gardiner y también
Herreweghe, cuya primera visita al frente de estos músicos fue en el Teatro
Coliseo, donde abordó la Sinfonía fantástica de Berlioz y una selección
de su inusual secuela: Lélio, o El retorno a la vida.
Herreweghe
es igualmente conocido por el Collegium Vocale Ghent -de Gante, la ciudad belga
en la que nació hace 79 años- agrupación coral que él creó en 1970. Veintiún
años después creó la Orquesta des Champs-Élysées con la que suele presentar,
junto con el coro, interpretaciones históricamente informadas, como suele preferirse
hoy denominarlas. El conjunto con el que nos visitó en esta ocasión cuenta con
48 músicos, un número ideal para el programa propuesto.
Y si de
programas se trata, resulta por lo menos curiosa la costumbre de armar programas
con dos sinfonías. Una sinfonía es una experiencia única, un plato principal -un
mundo, si se quiere, en términos mahlerianos-, que no puede competir consigo
misma en un mismo menú. Con todo, tratándose de la “Inconclusa” (que nada debería
obstar a que pueda “completarse” con otros fragmentos del autor, como lo
pergeñó Brian Newbould), su acople con la Séptima
de Beethoven, teniendo en cuenta el mundo que une a estos compositores y a su
vez el contraste entre estas obras, redundó en una experiencia que logró sortear
el riesgo apuntado.
Señala con
acierto Claudia Guzmán en sus iluminadores comentarios ese pasaje del primer
movimiento de la “Inconclusa” en el que las cuerdas graves en pizzicato
evocan el motivo principal de la Quinta de Beethoven. Schubert
reincidirá en ese procedimiento al citar, también veladamente, el tema de la “Oda
a la Alegría” en el turbulento final de “La grande”. Esta relación permite
pensar un diálogo entre ambas obras tan distintas en carácter, pero capaces de aportar
el contraste necesario dentro de un mismo estilo para que el concierto realmente
funcione.
Ya en el
plano interpretativo, Herreweghe mostró con sus músicos el resultado de un
trabajo sostenido, consistente y sólido. Su dominio del estilo es pleno, decidiendo
tempi, articulaciones y matices dinámicos con casi invariable eficacia y
-esencialmente- exhibiendo un control absoluto de los resultados con una
gestualidad mínima. Esto no quiere decir, como solía objetarse a veces a este
tipo de conjuntos- que no haya expresividad en el planteo. Herreweghe y su
orquesta frasean de acuerdo con el carácter de la música, reteniendo o liberando
el pulso con la flexibilidad necesaria y siempre dentro del respeto a la forma
que es definitoria del estilo clásico. Los colores de sus arcos, levemente
oscuros, de mediana densidad orquestal pero capaces de imponerse en la enorme
sala del Colón, permiten a su vez seguir con mayor claridad que en las
orquestas modernas las líneas asignadas a los vientos -especialmente las
maderas, con flautas de hermoso color- y a la percusión, seca como corresponde
a los parches y baquetas de época.
Si en
Schubert el dramatismo otoñal -si se permite esta combinación-emergió con total
claridad, en Beethoven la direccionalidad de la obra hacia el catártico final fue
trabajada y expuesta con maestría.
Debo dejar constancia de mi alergia a las repeticiones de la forma sonata, que los
directores de la primera mitad del siglo XX solían evitar, con algunas pocas excepciones.
Herreweghe observó las repeticiones en las exposiciones de la “Inconclusa” y de
la Séptima, lo que en el caso del movimiento inicial de esta última, en que la música se dirige hacia
el grado de tensión que conduce al desarrollo, resulta
contraintuitivo. Un dogma que, de espaldas a la sabiduría de una buena
tradición, pasó a integrar el credo del historicismo sin mayor fundamento: se
trata de una mera indicación para el intérprete que perdió actualidad y
sentido, más que de una parte constitutiva de la obra, si nos atenemos a la
distinción de Harnoncourt. Acaso otro aspecto observable sea la velocidad del Assai
meno presto del trío del tercer movimiento de la Séptima, con sus
notas pedales y su clima de Ländler que, con el tempo asumido,
terminó asimilado al Scherzo propiamente dicho.
Estos
detalles, sin embargo, lejos de ser una crítica, constituyen la marca del
interés que despierta toda interpretación comprometida como la que de esas
obras, clásicas en todas sus aristas, ofrecieron Herreweghe y sus huestes.
Quedó gusto a poco cuando, por todo encore, ofrecieron la recapitulación
del tercer movimiento de la Séptima. Una breve sobremesa que sin duda
hace desear un nuevo convite.
Daniel
Varacalli Costas

Comentarios
Publicar un comentario