Liturgias musicales, de Couperin a Saint-Saëns
Lecciones de tinieblas, de François Couperin. Graciana Causo, soprano. Julieta Giordano, soprano. Paula Sadovnik, violonchelo. Tomás Alfaro, órgano. Ciclo “Mùsica en Santo Domingo”. Iglesia de Santo Domingo. Función del 28/6/2026.
El fantasma de la ópera. Film de Rupert Julian. Orquesta Sinfónica Juvenil Nacional Libertador San Martín. Director: Santiago Chotsourian. Solistas: Luis Caparra, órgano. Sofía Drever, soprano. Progama. Charles Gounod: Música de ballet (de Faust, arreglo de Hinrichs). Air des bijoux (Ah ! je ris de me voir si belle en ce miroir), aria de Marguerite (de Fausto). Franz Schubert: Margarita en la rueca). Charles Gounod Si le bonheur, aria de Marguerite (de Fausto). Josef Gabriel Rheinberger : Concierto para órgano y orquesta n.º 1 en fa mayor, op. 137 (fragmento). Camille Saint-Saëns: Cyprès et Lauriers, op. 156 (para órgano y orquesta). Franz Schubert: Sinfonía n.º 8 en si menor, D. 759, Inconclusa (fragmento). Charles Gounod: Ainsi que la brise légère, vals del acto II (de Fausto). Ciclo “Cine mudo sinfónico”. Fundación Cinemateca Argentina. Sala sinfónica. Palacio Libertad. Función del 28/6/2026.
Invierno
y sábado se combinaron en el centro de Buenos Aires para albergar buena música.
Música francesa en su mayoría, separada por un par de siglos, y
en sendos marcos en los que, bajo la forma del concierto, se ejercieron, de alguna
manera, algunas liturgias.
Fue
claro en el primer caso. El ciclo “Música en santo Domingo”
propuso para mitigar una tarde nublada y desapacible las tres Lecciones de tinieblas que François
Couperin compuso para el Viernes Santo y publicó en 1714. Es música simple y
compleja a la vez. No requiere una gran artillería instrumental: dos sopranos
(aunque el autor confiaba en que cualquiera pudiera transportar las partes a otros
registros) y un bajo continuo: un órgano, en este caso no el principal de la iglesia,
que hubiera sido desmesurado, sino un teclado modesto, electrónico, y una viola
de gamba, en este caso un violonchelo sin puntal, sostenido entre las piernas
de la ejecutante que a su vez toma el arco algo lejos del talón, sobre el legno. Para preservar la intimidad, el
lugar fue uno de los altares laterales de esa iglesia que tiene tantas marcas
de la historia: las banderas tomadas de la primera invasión inglesa, las
cenizas de Zapiola adentro y afuera las de Belgrano y las marcas en la torre;
el altar mayor que siempre será un hueco borrado por el fuego inexplicable.
Tomás
Alfaro tocó el teclado y Paula Sadovnik el violonchelo, en perfecto entendimiento.
Julieta Giordano y Graciana Causo cantaron en perfecta sincronía de dicción: el
latín de estas Lecciones de tinieblas
fue estudiado y pronunciado a la manera francesa, con cuidada filología: las
u como “i”, las “e” tónicas como “a”, las “j” como “sh” y así siguiendo. El
detalle también estuvo en el canto, afrontado con mucho respeto, una melopea
nutrida de coloraturas que pide agilidades pero también recogimiento y espontaneidad.
Couperin
prometió seis lecciones más: tres para el Miércoles Santo y otras tantas para
el Jueves Santo; como Debussy con sus sonatas, anunció pero no pudo cumplir.
Pero estas tres gemas valen por sí solas, y estos músicos captaron el espíritu,
sin pretensiones innecesarias, pero con cuidado por el detalle.
Un
par de horas más tarde, en el auditorio principal del Palacio Libertad, se ejerció
una liturgia distinta, aunque no sea imposible pensarla como continuidad de la
otra. Fue un nuevo capítulo de “Cine mudo sinfónico”, que con el valioso aporte
de la Fundación Cinemateca Argentina, proyecta películas silentes –palabra que
hoy se prefiere a muda- con música en vivo en formato sinfónico. La Orquesta
Juvenil Libertador San Martín, hoy Nacional, suele ser de la partida bajo la
dirección y la selección musical de Santiago Chotsourian. Esta vez fue el turno
de El fantasma de la ópera, la película
señera sobre la novela de Leroux, que dirigió Rupert Julian y que en 1925
inauguró la abundante filmografía basada en ella.
Chotsourian,
como en anteriores ocasiones, eligió la música adecuada para cada momento, y en
esta ocasión apeló, como no podía ser de otra manera, al sonido del órgano. Luis Caparra, virtuoso sin atenuantes, fue el encargado de hacer volver a sonar el importante órgano
Kleis que hasta hace un tiempo estaba en reparaciones. El director se valió, también
como en los casos anteriores, de un piano ubicado en posición central, elección
eficaz con reminiscencias clásicas. Se puede decir que el sonido orquestal, el
piano solo, a manera casi de improvisación de ideas o motivos ilustrativos y el
órgano, dialogaron todo el tiempo, pasándose hábilmente la posta. Hubo sugestión
desde el enigmático comienzo de la Inconclusa
de Schubert, que pronto cedió lugar a otros temas ya sí franceses, en especial
del Fausto de Gounod, en arias que requirieron
para su abordaje de la soprano Sofía Drever, de contrastante vestido rojo, afrontando
la dificultad de las líneas y la competencia y duplicidad con lo proyectado. La
música del ballet de Fausto, el aria de las joyas y la canción Margarita en la rueca, nuevamente de
Schubert, alternaron con momentos de lucimiento para el órgano como Cyprès et Lauriers, de Saint-Saëns,
anunciado como primera audición, y un final rutilante con un segmento del primer Concierto para órgano de Josef Rheinberger,
eminente compositor y organista nacido en Lichtenstein cuya obra para este
instrumento es magistral. Cabría observar que la utilización de una copia fílmica
virada a colores que identifican cada situación, e incluso pintada a mano en
determinadas escenas, conspiró contra la calidad que exhibe habitualmente el
blanco y negro, en especial en las impactantes y masivas escenas finales, de difícil
lectura, que terminaron antes que la música. En el balance, la experiencia logró
mantener la atención de una historia que genera siempre sentimientos
contradictorios, no los empáticos de La
bella y la bestia ante la discriminación por la fealdad y la imposibilidad
del amor, sino de reacción ante la crueldad y el resentimiento de un personaje que
también, por qué no, podría merecer piedad.
Así el cine, silente o mudo, como quiera llamarse, ofrecido con música en vivo, es hoy otra liturgia posible que tiene fieles consecuentes, los que llenaron y seguirán llenando la “ballena azul”.
Tanto
allí como en Santo Domingo, ambos ciclos proseguirán durante la segunda mitad del
año. Será cuestión entonces de seguirlos porque proponen, en sí mismos, no sólo
música, sino experiencias que enlazan con la percepción, el tiempo y los
claroscuros de la historia.
Daniel Varacalli
Costas


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