Contra la “música académica"
Una
moda que se ha instalado en nuestro país es la de llamar a la música clásica
“música académica”. Incluso las agendas y las convocatorias de organismos
oficiales han tomado esta costumbre, que parece rodeada de un halo de suprema corrección.
Sin embargo, no hay ninguna buena razón para ese cambio.
Todo
el mundo sabe lo que es la música clásica. Incluso los que nunca la escuchan y
no saben casi nada de ella. El sonido acústico de ciertos instrumentos, de un
grupo de cámara o de una orquesta sinfónica -a lo que podemos agregar la voz
con impostación operística- alcanzan y sobran para esta identificación
intuitiva. Por otro lado, el adjetivo “clásico” es absolutamente adecuado: son
clásicas las obras que sobreviven en el tiempo y pasan a integrar un canon de
referencia en el mundo del arte.
En
todos los idiomas se sigue hablando de música “clásica” sin complejos
(“classical music”, “musique classique”), mientras que el adjetivo “académico”
siempre ha tenido una connotación negativa: “academique” se le dice en Francia
a un compositor “de conservatorio”, sin inspiración, que solo sigue reglas
establecidas; “academic music” en inglés sería inconcebible. Lo “académico” en
un sentido positivo es lo que se refiere a la academia, o sea al ámbito de la
educación, si se quiere, superior, aunque no necesariamente. De modo que una
música “académica” sería la restringida al ámbito de lo educativo, de los
conservatorios; una orquesta estudiantil es correcto que sea “académica”, no la
música que hace. Tampoco es razonable tomar la acepción de “académico” como “modélico”:
la música clásica es una referencia por la mayor complejidad técnica y
expresiva alcanzada por esta forma de arte en Europa, pero no es necesariamente un modelo
ni propone reglas para la música que se compone hoy, cuya creatividad debe
abrevar en materiales y realidades muy distintas.
Vamos
ahora a lo que entiendo son los dos principales argumentos que esgrimen los
defensores de esta nueva tendencia. El primero, que la música “clásica” sería
solamente la de la segunda mitad del siglo XVIII, o sea, la del Clasicismo
musical. Esta visión parece olvidar que las palabras pueden tener varios significados,
incluso uno amplio y otro restringido dentro de la misma área de significación;
en el caso de “clásico” es una palabra tan ampliamente polisémica que entonces
nunca debería utilizarse. Pero da la casualidad de que la música del Clasicismo
musical es tan “clásica” en el sentido amplio de esta palabra como la de
Monteverdi o la de Brahms. Esto al margen de que se trata de un periodo de muy dudosa
denominación (sus cultores se consideraban románticos, porque este movimiento ya estaba
instalado en la poesía, la literatura y la filosofía para esa época) y mejor
podría denominarse “clasicista”, “neoclásica” (en sintonía con las artes plásticas)
o “pre-romántica”, porque incluso en un sentido restringido nada tienen Mozart,
Haydn, Salieri, Dussek, Dittersdorf o Gluck de más clásicos que Bach o Haendel
o que Schumann o Bruckner. En cualquier caso, esta concepción de lo “clásico”
ignora el significado que el habla general le da de manera pacífica a este
adjetivo cuando se refiere a la música; pomposamente pretende dar cátedra
desautorizando con presunta sofisticación un uso totalmente correcto y
arraigado, confundiendo un significado restringido con otro amplio y por lo
menos igualmente legítimo.
El
segundo argumento podría tener más peso: en la actualidad (aunque la mayoría de
la gente lo ignora) se siguen componiendo sinfonías, música de cámara, óperas,
en general todo lo relacionado con las formas musicales “clásicas”, pero
dudosamente a una composición actual podríamos llamarla “clásica” si todavía no
ha pasado a integrar un canon, simplemente por el hecho de tomar una forma
establecida. Aunque quizás por esto último también podría aplicársele ese
adjetivo tan noble, bastaría con considerarlas de momento obras “contemporáneas”,
rótulo que se dio a la música del siglo XX posterior a la Primera Guerra
Mundial y que ya no merece tener: Schoenberg, Berg, Webern y así siguiendo no
son ya contemporáneos, sino lisa y llanamente clásicos de la historia de la
música. Por otra parte, también hay "clásicos” que nunca llegaron a serlo:
obras del pasado fallidas o simplemente
olvidadas, aunque estas posiciones pueden revertirse, como lo demuestra el
historicismo, que rescató partituras supuestamente menores o relegadas.
Con
todo, la cuestión es aun más profunda. Insistir en lo “académico” como opuesto
a “popular” es, por una parte, rancio, en este caso realmente elitista y
además, desactualizado, ya que esta división dialéctica de la música cada vez
tiene menos espesor, lo cual es además una excelente noticia. ¿Cómo es posible
distinguir hoy día a quien compone música “académica” de tantas manifestaciones
“populares” que ya son clásicos? Porque John Coltrane, Julián Plaza o King
Crimson ya son “clásicos” en sus respectivos ámbitos, mientras que la mayoría
de quienes hoy siguen componiendo conciertos, sinfonías, óperas, misas o sonatas
no lo son. Lo que nos permite identificarlos no es la calidad y ni siquiera hoy
día la complejidad de su música (en el rock de alto nivel suelen utilizarse
medidas de compases y armonías mucho más enrevesadas que en la suite barroca o el
bel canto, por caso), sino la adscripción
a una forma y, fundamentalmente, el tipo de orgánico para el que fue pensada. De
allí que se pueda discutir si John Williams o Astor Piazzolla son clásicos o
populares, lo mismo que Juan del Encina o Michael Praetorius, pero académicos
¡jamás! Con lo cual, alcanzaría hablar de música de cámara o música sinfónica
para esas manifestaciones “clásicas” no sólo de hoy, sino de todo los tiempos,
y de “música electrónica”, etcétera para las que recurran a otras fuentes de
sonido.
Para
quienes se resistan, hay entonces una alternativa a la música “clásica” y es
simplemente ésta: llamarla “música de cámara” (denominación que buena parte de
nuestra sociedad, por razones inexplicables, identifica lisa y llanamente con la
música “clásica”) o “música “sinfónica”, según los casos, y “ópera” o “teatro
musical”, si se trata de artes escénicas. Y por supuesto, todo aquello que pasa
a formar parte de un canon, sin duda es música clásica o clásicos de la música,
jamás música “académica”.
Los
fenómenos de “sobrecorrección” son comunes en la lengua y en ocasiones en la
cultura en general. Cuando se imponen, sindican como error a lo correcto,
generando vergüenza y represión en quienes solo están dispuestos a seguir
tendencias y no a pensar por sí mismos. Por esto, esencialmente, estoy en
contra de la música “académica”. Por ser una denominación innecesaria y que
profundiza la división frente a lo popular, uno de los fenómenos más
perniciosos que aconteció a esta forma de arte, a diferencia de otras
expresiones artísticas. Ojalá que la música siga sumando muchos más “clásicos”
de cara al futuro, sin complejos innecesarios.
Daniel Varacalli
Costas

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