András Schiff: una lección de música para el mundo de hoy

András Schiff, piano. Programa:  Johann Sebastian Bach: Aria de las Variaciones Goldberg, BWV 988. Capriccio sobre la partida del hermano amado, BWV 992. Wolfgang Amadeus Mozart: Sonata n° 17 en si bemol mayor, K. 570. J. S. Bach: Suite francesa n° 5 en sol mayor, BWV 816. W. A. Mozart : «Kleine Gigue» en sol mayor, K. 574 .J. S. Bach: «Ricercare a 3» de La ofrenda musical, BWV 1079. W. A. Mozart: Fantasía en do menor, K. 574. J. S. Bach: Concierto italiano» en fa mayor, BWV 971. Joseph Haydn: Andante con variaciones en fa menor, Hob.XVII:6.  Ludwig van Beethoven. Sonata n° 32 en do menor, op.111. Mozarteum Argentino. Teatro Colón. Función del 15/9/2026.

András Schiff, a sus 73 años, un genio consumado del teclado. Foto: Liliana Morsia / Gentileza Prensa Mozarteum Argentino

Quienes pudimos disfrutar el lunes pasado del recital de András Schiff, sabíamos de antemano que nos esperaba una experiencia extraordinaria. No solo porque Schiff había tocado por última vez en 2023 con un formato similar al de esta ocasión (anunciando el programa durante el concierto), sino porque es, sencillamente, uno de los pianistas vivientes más importantes (contando con los dedos de una sola mano) y, en definitiva, uno de los genios de la historia de la interpretación musical.

Convocado por el Teatro Colón, lo escuchamos en cuatro ocasiones inolvidables (¡cómo olvidar El clave bien temperado de Bach, su Sonata no. 30 de Beethoven!), y en esta oportunidad, para el ciclo del Mozarteum Argentino, nuevamente en un programa sorpresa que, sin embargo, coincidió en varias de las obras que abordó en 2023, incluido el sugerente comienzo con el Aria de las Variaciones Goldberg, de Bach.

Pero esta recurrencia importa poco, no sólo porque Schiff recrea cada vez como si fuera la primera, sino porque su propuesta es, en sí misma, una lección de música del más alto nivel, al mismo tiempo que una alternativa formidable a todo lo negativo que hoy nos ofrece la vida cotidiana, algo que casi no es necesario enumerar si tenemos un celular en la mano.

Está claro en primer lugar que no hay improvisación alguna en los programas del pianista húngaro: cada obra ha sido pensada, trabajada, modelada con tiempo, eso que tanto decimos que nos falta. Por eso su toque fluye sin esfuerzo aparente, es preciso, dúctil y flexible, y siempre está al servicio de la obra, con una inclinación a lo ligero y lo natural. Ese es el toque Schiff, que en el recital que aquí se comenta solo se oyó distinto en la última sonata de Beethoven, para la cual adquirió mayor robustez de sonido y subrayó contrastes dinámicos e impulso rítmico (este último absolutamente necesario para algunas variaciones casi jazzísticas del Opus 111) que revelan que no hay ningún aspecto dejado al azar, ni siquiera el idiosincrásico.

Además de tocar, Schiff también empuña el micrófono para enunciar algunas verdades que él deja caer con delicadeza: Bach es el músico más grande que jamás haya vivido; los humanos no merecemos a Mozart; qué político podría hoy crear un tema como el que Federico el Grande propuso a Bach y que generó La ofrenda musical, en la suite barroca encontramos la Europa unida de verdad, entre otras.

La primera parte de su recital, que reunió a Bach con Mozart, duró una hora y media. No se sintió así. Fue una lección magistral sobre cómo programar (arte en extinción) y cómo hacer dialogar a dos genios que nunca pudieron conocerse. Tras el intervalo, otra hora más de música reunió a Haydn con su “alumno más famoso”: Beethoven. Nueva lección práctica de la mejor historia de la música. Luego vinieron los seis encores: Schubert, Chopin, Mozart, Bartók, Schumann. Gemas de sonido que surgían de un hombre que parecía inmune al cansancio y a cualquier flaqueo de la memoria y del que emanaba la alegría de hacer música.

Por el clima que transmite, lindante con lo místico pero sin perder jamás la gracia ni el humor, Schiff puede parecer un maestro trascendente, pero en rigor lo que le sobra es humanidad. El asunto es que su humanidad va a contrapelo de la vulgaridad, la ignorancia, la hipocresía y la absurda prisa de nuestro mundo; por eso su propuesta no es solo la de otra música, sino la de otra vida, la de un mundo que habrá que reconstruir y para el cual él está dejando una esperanza.

Daniel Varacalli Costas

 

 

 

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