Sobre el Día del Director de Orquesta y el maestro Calderón

Pedro Ignacio Calderón y Carlos Kleiber, dos maestros que se fueron el mismo día, igual que Lorin Maazel.

Que el maestro Pedro Ignacio Calderón haya partido un 13 de julio –Día del Director de Orquesta- no es, como alguien dijo, una paradoja, sino una coincidencia. Aclaración superflua ante la entidad de la pérdida, pero que invita a reflexionar sobre el valor de la relatividad en el mundo del arte y la necesidad de mantener siempre una memoria crítica, si se me permite esta expresión -esta vez sí- un tanto paradojal.

Un puñado de músicos españoles, hace poco más de una década, tuvieron la ocurrencia de proclamar el 13 de julio Día del Director de Orquesta por haber sido la fecha de fallecimiento -en el año 2004- de Carlos Kleiber.

En sintonía con este mero dato de color, es frecuente escuchar, en el cada vez más exiguo microclima de la música clásica, que Carlos Kleiber es el mejor director de orquesta de todos los tiempos. Cualquier melómano mínimamente informado puede darse cuenta de que tal afirmación es imposible de justificar. Que para muchos Carlos Kleiber haya sido un director admirable, no lo convierte en el número uno de una actividad donde hay muchos números uno, o en todo caso no hay ninguno. Más arriba hablaba del valor de la relatividad en el mundo del arte: en este campo no hay rankings absolutos, nada puede medirse en esos términos porque atentaría contra lo que el arte puede ofrecernos en este mundo tecnológico como alternativa vital: la posibilidad de que cada uno se apropie de aquello que más lo representa, o con lo que más se identifica, en total libertad y evitando la irracionalidad de los fanatismos. Por eso hay libros, músicas, colores, movimientos y texturas para todos los gustos; el mundo de la creación es un mundo abierto, no de rankings automáticos ni de slogans terminantes. Y esto para bien de los que se comprometen con lo escurridizo de la vida creativa (en la que hay, claro, estándares técnicos ineludibles) y desean siempre saber un poco más para gozar mejor, y para mal de aquellos que necesitan de los dogmas, la superstición o la idolatría, de tan larga data en la historia.

Y luego está también la memoria crítica: la que permite superar o compensar la selectividad o la fragilidad de la memoria humana con una percepción atenta, basada en la información y en un mínimo sentido del contexto.

Volvamos ahora al tema del comienzo. ¿Cómo podría Carlos Kleiber ser el “mejor” en un oficio como el suyo? Se trata del caso de un director de repertorio reducido, ajeno a las nuevas creaciones, de personalidad extravagante, finalmente incapaz de sostener un puesto fijo (dirigía cómo, dónde y cuándo quería), que lograba resultados de increíbles fluidez y musicalidad siempre con orquestas de primer orden, que ya tenían sus problemas técnicos resueltos. ¿Qué habría podido hacer Carlos Kleiber en el medio musical argentino, donde nunca produjo una gota de música?  Seguramente muy poco: alcanza con verlo en un video, furioso con la Filarmónica de Viena en el movimiento lento de la Cuarta de Beethoven (cuyo motivo rítmico pretendía asociar con el nombre “Therèse”), lo que hace suponer que no habría podido superar un ensayo en este rincón del mundo.

Al lado de un Kleiber, la tarea de un Calderón fue ciertamente titánica. Porque no sólo produjo música de calidad, sino que gestionó orquestas e instituciones musicales, tanto en el Teatro Colón como a nivel nacional, y fue capaz de producir memorables acontecimientos artísticos en un medio que los necesitaba: estrenos mahlerianos cuando pocos se le atrevían (por ejemplo, la Octava) o el Concierto para bandoneón con Piazzolla en el Colón, por mencionar solo dos de los más conocidos.

En la misma línea, en pos de valorar la dirección de orquesta como trabajo constructivo con otros, el mismo Carlos no podría compararse con su padre. Erich Kleiber afrontó enormes dificultades políticas con valentía, por ese motivo llegó a trabajar en nuestro país enseñando todo el repertorio alemán, de Beethoven a Wagner, pero sin saltearse a Alban Berg: no olvidemos que fue quien estrenó Wozzeck en Berlín. Erich Kleiber, quien dijo que los peores enemigos del arte son la rutina y la improvisación, no hubiera pensado que quien disfruta de una herencia en una lejana metrópolis es más importante que quien la forja a brazo partido en el exilio. Ni siquiera si ese usufructuario es su propio hijo.

Y si hubiera que pensar en otro director de orquesta, cómo podría obviarse a Arturo Toscanini, la figura más importante de toda la primera mitad del siglo XX, que enseñó a hacer ópera a gran nivel en Buenos Aires, llevó ese concepto a la Scala y a todas las grandes salas del mundo, para quien dirigir no era sólo una actividad estética, sino esencialmente ética. Un historicista avant la lettre, riguroso, con memoria para un repertorio enorme, y también trabajador incansable, capaz de afrontar con claridad y coraje las también enormes disyuntivas políticas que el destino le impuso.

Seguimos. Todos los directores que emigraron a América, en particular a Estados Unidos –Bruno Walter, Georg Szell, Fritz Reiner, Erich Leinsdorf, Eugene Ormandy, Georg Solti, Serge Kusevitski, los hermanos Fritz y Adolf Busch, entre otros- podrían considerarse los hacedores de la discografía del siglo XX (y Solti su héroe, con la primera grabación completa en estudio de El anillo del Nibelungo), sin olvidarnos de Otto Klemperer, finalmente refugiado en Inglaterra. Junto a ellos, resplandecen también Leonard Bernstein, Karl Böhm y Herbert von Karajan. En el caso de este último, tan marginado últimamente, no conviene olvidar que fue él quien, como sucesor de Wilhelm Furtwängler, concibió a la dirección orquestal no solo en el sentido de armado de una obra y trabajo estilístico, sino esencialmente como la creación de un sonido propio. Nos guste o no para todo el amplísimo repertorio que abordó, lo cierto es que hay un sonido Karajan que marcó una extensa época. Y si de sonidos y estilos se trata, todo el movimiento historicista, con o sin “instrumentos originales”, generó directores notables, de Nikolaus Harnoncourt a Neville Marriner.

Como se ve, no sólo se trata de que no hay rankings indiscutibles, sino que algunos que se postulan no tienen el más mínimo sustento, como éste que corona, claramente contra su voluntad, al talentoso Carlos Kleiber como número uno de una actividad donde en rigor fue un excéntrico, tan desparejo como genial. Deslumbra su Beethoven, pero no su Schubert; deslumbra su Cazador furtivo, pero no su Tristán; el mito de su Cuarta de Brahms se diluye pronto comparando grabaciones; las hay geniales y diversas, y a granel. Y si de fluidez y musicalidad se trata, no nos olvidemos de Pierre Monteux, que no sólo estrenó La consagración de la primavera, sino que en cada grabación señaló el sendero seguido después por Carlos: el de lograr que el discurso musical siga su respiración propia.

Un 13 de julio murió también el precoz Lorin Maazel, y habrán muerto muchos más hombres y mujeres comprometidos con su arte. En nuestro país, tenemos una línea interesante para ejercer nuestra “memoria crítica”: tuvimos un primer gran director de orquesta internacional por todo lo alto: Héctor Panizza. Y luego, en esa línea, a Juan José Castro. Hombres distintos en lo ideológico y en sus preferencias estéticas, a menudo elegidos como rivales para la conducción del Colón, pero de enormes capacidades como compositores y maestros, capaces de lidiar en las arenas más diversas. Calderón encabezó luego lo que podríamos llamar la gran “delantera” de su generación, un maestro que, en otras latitudes, habría sido una importante estrella, no un “número uno” inventado por el capricho del marketing y la necesidad de certezas, sino un artista sostenido a fuerza de trabajo y talento.

Finalmente, propongo: si el próximo 13 de julio queremos celebrar el Día del Director de Orquesta, que sea por Pedro Ignacio Calderón. No necesitamos ir más lejos. Seguramente cada país, cada cultura, tendrá su Calderón; nosotros tuvimos el nuestro.

Daniel Varacalli Costas


















Comentarios

Las más leídas

La persistencia de una “idea descabellada”

Pag/Cav: vibrante y desigual comienzo de temporada

Lo cómico, en serio

Cuando la música es todo

Un Nabucco revisitado

Sobre todo, Puccini

Tres grandes voces para "Il trovatore"

Logrado homenaje a Puccini

El sol del Barroco americano

Buenos Aires Ballet: novedades y reencuentro