Sobre el Día del Director de Orquesta y el maestro Calderón
Un puñado de
músicos españoles, hace poco más de una década, tuvieron la ocurrencia de
proclamar el 13 de julio Día del Director de Orquesta por haber sido la fecha
de fallecimiento -en el año 2004- de Carlos Kleiber.
En sintonía
con este mero dato de color, es frecuente escuchar, en el cada vez más exiguo
microclima de la música clásica, que Carlos Kleiber es el mejor director de
orquesta de todos los tiempos. Cualquier melómano mínimamente informado puede
darse cuenta de que tal afirmación es imposible de justificar. Que para muchos
Carlos Kleiber haya sido un director admirable, no lo convierte en el número
uno de una actividad donde hay muchos números uno, o en todo caso no hay
ninguno. Más arriba hablaba del valor de la relatividad en el mundo del arte: en
este campo no hay rankings absolutos,
nada puede medirse en esos términos porque atentaría contra lo que el arte
puede ofrecernos en este mundo tecnológico como alternativa vital: la
posibilidad de que cada uno se apropie de aquello que más lo representa, o con
lo que más se identifica, en total libertad y evitando la irracionalidad de los
fanatismos. Por eso hay libros, músicas, colores, movimientos y texturas para
todos los gustos; el mundo de la creación es un mundo abierto, no de rankings automáticos ni de slogans terminantes. Y esto para bien de
los que se comprometen con lo escurridizo de la vida creativa (en la que hay,
claro, estándares técnicos ineludibles) y desean siempre saber un poco más para
gozar mejor, y para mal de aquellos que necesitan de los dogmas, la
superstición o la idolatría, de tan larga data en la historia.
Y luego está
también la memoria crítica: la que permite superar o compensar la selectividad
o la fragilidad de la memoria humana con una percepción atenta, basada en la información
y en un mínimo sentido del contexto.
Volvamos
ahora al tema del comienzo. ¿Cómo podría Carlos Kleiber ser el “mejor” en un
oficio como el suyo? Se trata del caso de un director de repertorio reducido, ajeno
a las nuevas creaciones, de personalidad extravagante, finalmente incapaz de
sostener un puesto fijo (dirigía cómo, dónde y cuándo quería), que lograba
resultados de increíbles fluidez y musicalidad siempre con orquestas de primer
orden, que ya tenían sus problemas técnicos resueltos. ¿Qué habría podido
hacer Carlos Kleiber en el medio musical argentino, donde nunca produjo una
gota de música? Seguramente muy poco: alcanza con verlo en un video, furioso con la Filarmónica de Viena en el movimiento lento
de la Cuarta de Beethoven (cuyo motivo rítmico pretendía asociar con el
nombre “Therèse”), lo que hace suponer que no habría podido superar un ensayo en este rincón del
mundo.
Al lado de un
Kleiber, la tarea de un Calderón fue ciertamente titánica. Porque no sólo
produjo música de calidad, sino que gestionó orquestas e instituciones
musicales, tanto en el Teatro Colón como a nivel nacional, y fue capaz de
producir memorables acontecimientos artísticos en un medio que los necesitaba:
estrenos mahlerianos cuando pocos se le atrevían (por ejemplo, la Octava)
o el Concierto para bandoneón con Piazzolla en el Colón, por mencionar
solo dos de los más conocidos.
En la misma
línea, en pos de valorar la dirección de orquesta como trabajo constructivo con
otros, el mismo Carlos no podría compararse con su padre. Erich Kleiber afrontó
enormes dificultades políticas con valentía, por ese motivo llegó a trabajar en
nuestro país enseñando todo el repertorio alemán, de Beethoven a Wagner, pero sin
saltearse a Alban Berg: no olvidemos que fue quien estrenó Wozzeck en Berlín. Erich Kleiber, quien dijo
que los peores enemigos del arte son la rutina y la improvisación, no hubiera
pensado que quien disfruta de una herencia en una lejana metrópolis es más
importante que quien la forja a brazo partido en el exilio. Ni siquiera si ese
usufructuario es su propio hijo.
Y si hubiera
que pensar en otro director de orquesta, cómo podría obviarse a Arturo
Toscanini, la figura más importante de toda la primera mitad del siglo XX, que
enseñó a hacer ópera a gran nivel en Buenos Aires, llevó ese concepto a la
Scala y a todas las grandes salas del mundo, para quien dirigir no era sólo una
actividad estética, sino esencialmente ética. Un historicista avant la
lettre, riguroso, con memoria para un repertorio enorme, y también trabajador
incansable, capaz de afrontar con claridad y coraje las también enormes disyuntivas
políticas que el destino le impuso.
Seguimos. Todos
los directores que emigraron a América, en particular a Estados Unidos –Bruno Walter,
Georg Szell, Fritz Reiner, Erich Leinsdorf, Eugene Ormandy, Georg Solti, Serge
Kusevitski, los hermanos Fritz y Adolf Busch, entre otros- podrían considerarse
los hacedores de la discografía del siglo XX (y Solti su héroe, con la primera
grabación completa en estudio de El anillo del Nibelungo), sin olvidarnos de Otto Klemperer,
finalmente refugiado en Inglaterra. Junto a ellos, resplandecen también Leonard
Bernstein, Karl Böhm y Herbert von Karajan. En el caso de este último, tan
marginado últimamente, no conviene olvidar que fue él quien, como sucesor de Wilhelm
Furtwängler, concibió a la dirección orquestal no solo en el sentido de armado de una
obra y trabajo estilístico, sino esencialmente como la creación de un sonido
propio. Nos guste o no para todo el amplísimo repertorio que abordó, lo cierto
es que hay un sonido Karajan que marcó una extensa época. Y si de sonidos y
estilos se trata, todo el movimiento historicista, con o sin “instrumentos originales”,
generó directores notables, de Nikolaus Harnoncourt a Neville Marriner.
Como se ve,
no sólo se trata de que no hay rankings
indiscutibles, sino que algunos que se postulan no tienen el más mínimo
sustento, como éste que corona, claramente contra su voluntad, al talentoso
Carlos Kleiber como número uno de una actividad donde en rigor fue un
excéntrico, tan desparejo como genial. Deslumbra su Beethoven, pero no su
Schubert; deslumbra su Cazador furtivo,
pero no su Tristán; el mito de su Cuarta de Brahms se diluye pronto
comparando grabaciones; las hay geniales y diversas, y a granel. Y si de
fluidez y musicalidad se trata, no nos olvidemos de Pierre Monteux, que no sólo
estrenó La consagración de la primavera, sino que en cada grabación
señaló el sendero seguido después por Carlos: el de lograr que el discurso
musical siga su respiración propia.
Un 13 de
julio murió también el precoz Lorin Maazel, y habrán muerto muchos más hombres
y mujeres comprometidos con su arte. En nuestro país, tenemos una línea
interesante para ejercer nuestra “memoria crítica”: tuvimos un primer gran
director de orquesta internacional por todo lo alto: Héctor Panizza. Y luego,
en esa línea, a Juan José Castro. Hombres distintos en lo ideológico y en sus
preferencias estéticas, a menudo elegidos como rivales para la conducción del
Colón, pero de enormes capacidades como compositores y maestros, capaces de
lidiar en las arenas más diversas. Calderón encabezó luego lo que podríamos llamar la
gran “delantera” de su generación, un maestro que, en otras latitudes, habría
sido una importante estrella, no un “número uno” inventado por el capricho del marketing y la necesidad de certezas,
sino un artista sostenido a fuerza de trabajo y talento.
Finalmente,
propongo: si el próximo 13 de julio queremos celebrar el Día del Director de Orquesta, que sea por Pedro Ignacio Calderón. No necesitamos ir más lejos. Seguramente
cada país, cada cultura, tendrá su Calderón; nosotros tuvimos el nuestro.
Daniel
Varacalli Costas

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