Alicia en el país de la danza
Alice’s adventures in Wonderland (Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas). Ballet en dos actos. Coreografía: Christopher Wheeldon. Música: Joby Talbot. Diseño escenográfico y vestuario: Bob Crowley. Ballet Estable del Teatro Colón. Dirección artística: Julio Bocca. Dirección: África Guzmán. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Dirección: David Briskin. Alumnos de la Academia Coral (Director: César Bustamante) y de la carrera de Danza del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. En el Teatro Colón, el jueves 16 de julio.
Buen
tema para un ballet extenso: así lo pensó el coreógrafo y bailarín inglés Christopher
Wheeldon, quien de niño solía dormirse escuchando la historia de Alicia, y que
estrenó su ballet sobre este tema para el Royal Ballet de Londres en 2011. No fue
la única oportunidad en que Wheeldon encontró inspiración en la literatura: Cuento de invierno (2014) sobre la pieza
de Shakespeare, Como agua para chocolate
(2022) basado en la novela de Laura Esquivel, y Oscar (2025) sobre Oscar Wilde, integran también su acervo
coreográfico.
Rescatando la simbolización de los principales personajes de la nouvelle de Carroll, Wheeldon les encontró su alter ego en el entorno del escritor: la madre de Alicia es en el sueño la Reina de Corazones, el padre es el Rey, hay un mago invitado al convite de la familia de Alicia que luego será el Sombrerero loco. El propio Carroll aparece en la escena inicial para luego transformarse en el Conejo blanco que guiará a Alicia por el País de las Maravillas, intentando salvar a Jack, personaje que no estaba en la historia original y del cual la protagonista –aquí cuasi adolescente- está enamorada. El coreógrafo eligió imprimir a los solistas una carga actoral importante más que grandes exigencias técnicas. Plasmó en cambio milimétricas combinaciones para las escenas de los naipes, lucidas figuraciones en el vals de las flores, y un desopilante homenaje al célebre Adagio de la rosa de La bella durmiente, siguiendo a Petipa en clave humorística. Muy ingenioso resulta el sorprendente final, que no vamos a develar aquí.
El
mayor peso de esta obra recae en el aspecto visual, que valiéndose de telones, mappings, teatro negro, títeres y elementos corpóreos permite los
vertiginosos cambios escénicos que requiere la historia, con algunos guiños
como la recreación de la fachada del Christ Church College de Oxford donde
Carroll fue profesor, la inclusión en el vals de las flores de la imagen del
rostro de una niña y la utilización del escenario de un teatro, ambos típicos
de la era de la Reina Victoria. La producción no fue realizada en el Teatro Colón,
sino que fue alquilada a los ballets reales danés y sueco, lo que se evidencia
ante su reducida escala en relación al escenario del Colón. Esto torna impracticable
la reprogramación de la obra en nuestro primer coliseo sin volver a alquilarlas,
lo cual es de lamentar dado que sería oportuna su reposición en próximas
temporadas, teniendo en cuenta que las entradas para estas diez funciones se
agotaron mucho antes del estreno.
Otro punto destacable es la música compuesta por Joby Talbot -colaborador habitual de Wheeldon-, la cual incluyó una profusa artillería de instrumentos de percusión que tomaron casi medio foso de la orquesta y los palcos avant-scène. La partitura de Talbot roza lo cinematográfico, con evidentes citas a compositores de la talla de Musorgski, Shostakovich y hasta Gershwin, y es impecable en su misión de acompañar a la escena bailada, con reconocibles motivos para cada uno de los personajes, además de incluir un tango-habanera para la variación de la Reina de Corazones.
Tanto
los solistas como el cuerpo de baile del Ballet Estable estuvieron a la altura
de las circunstancias, con algunas agradables sorpresas en las
interpretaciones. Caterina Stutz encarnó a Alicia con simpatía y carácter y en
perfecta conjunción con Facundo Luqui como Jack. También fueron eficientes
David Juárez como la cimbreante Oruga y Fernando Gonzálvez y Luciano García,
Pez y Rana lacayos respectivamente; mientras que Juan Pablo Ledo (el Conejo
blanco) y Emanuel Abruzzo (la Duquesa) pusieron toda su experiencia actoral en
dos papeles que la requieren ampliamente, al igual que Federico Fernández como
el Rey. Milagros Niveyro sorprendió con su dominio del tap, lenguaje que el coreógrafo eligió para dar vida al Sombrerero
loco. Pero quien se llevó las palmas fue Natalia Pelayo, excelente para
componer a la Madre y a la Reina tanto en su expresividad como en su técnica: fue
la gran actuación de la noche. Al muy buen desempeño del cuerpo de baile se
sumó la de los alumnos del Instituto Superior de Arte en las escenas de
conjunto.
La Orquesta Filarmónica interpretó acabadamente la partitura de Talbot, creando los climas necesarios en cada escena, destacándose la labor del concertino Xavier Inchausti en los punzantes solos con distinta afinación que acompañan a la Reina de Corazones.
Patricia Casañas
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