De Mahler a Schoenberg, sin escalas

Lunáticos. Ocho canciones para un rey loco, de Peter Maxwell Davies. Pierrot Lunaire, de Arnold Schoenberg. Ensamble Arthaus. Amalia Pérez, flautas. Federico Landaburu, clarinete. Bruno Lo Bianco, percusión. Marcelo Balat, piano. Xavier Inchausti, violín. Eliseo Oreste, viola. Benjamín Báez, violonchelo. Pablo Druker, dirección. Alejandro Spies, barítono. Eugenia Fuente, mezzosoprano. Diego Ruiz, preparador. Patricio Pena, actor, Nahuel Flores Catino, asistente de dirección. Paola Delgado, vestuario. Ricardo Sica, iluminación Valentino Grizutti, puesta en escena. Auditorio Arthaus. Función del 20/6/2026.

Daniela Tabernig, soprano. Fernanda Morello, piano.  Alma Mahler: Cinco Lieder de Alma Mahler (Selección).  Die stille Stadt, (La ciudad silenciosa), In meines Vaters Garten (En el jardín de mi padre). Gustav Mahler: Canciones de Rückert. “Blicke mir nicht in die Lieder” (No mires mis canciones) “Ich atmet’ einen linden Duft”. (Aspiré una suave fragancia). “Um Mitternacht” (A medianoche). “Liebst du um Schönheit” (Si amas la belleza). “Ich bin der Welt abhanden gekommen” (Me he retirado del mundo). Edvard Grieg: Nocturno, Op. 54 n. ° 4. “Te amo”, Op.5 n. ° 3, “Última primavera”, Op. 33 n. ° 2, “Un cisne”, Op. 25 n. ° 2, “Un sueño”, Op. 48 n. ° 6. Usina del Arte. Función del 21/6/2026.

Fernanda Morello al piano y la voz de Daniela Tabernig dieron vida a un recital de altísimo nivel en la Usina. Foto: Nicolás Asta / Gentileza Usina del Arte

El solsticio de invierno llegó a Buenos Aires justo en un fin de semana que, sin vocación de paradoja, reunió con pocas horas de diferencia dos propuestas de altísimo nivel musical vinculadas con la música de cámara y el canto.

Quizás convenga hablar primero de los extremos. Porque, por una parte, el Ensamble Arthaus, dedicado a la música contemporánea (o en este caso, mejor dicho, a los clásicos que fueron contemporáneos) sumó a dos de las mejores voces de nuestro medio: el barítono Alejandro Spies y la mezzosoprano Eugenia Fuente. Mientras que, por otra parte, en el ciclo de cámara de la Usina, bajo la curaduría de Carlos Koffman, la pianista Fernanda Morello y la soprano Daniela Tabernig, ofrecieron un formidable recital de cámara con obras de Alma Schindler (sic), su esposo Gustav Mahler y Edvard Grieg.

Claro que los extremos se tocan. Porque si alguien imagina como antitéticas una propuesta anclada en el corazón mismo del Romanticismo y otra en la escritura libre que plantea el atonalismo, en un amplio arco que abarca casi todo el siglo pasado, acaso esté equivocado. Porque ambos programas, sin que quienes lo pensaron pudieran coordinarlo entre sí, dialogan. Y porque en tren de extremos, los hay de un lado y otro del río. La mordacidad agridulce del Pierrot es tan contemporánea como renacentista, con sus claroscuros a lo Gesualdo, y la recreación de la locura de Maxwell Davies es tan extrema como el corazón exiliado del eterno romántico que mira al absoluto, el Mahler de “Me he retirado del mundo”, que parece no poder ir más lejos, más abajo o más arriba de cualquier realidad posible, porque en realidad está solo, y al mismo tiempo más acompañado que nunca, viviendo dentro de la música. Hay cordura en su locura, como diría Hamlet. O como dice Shakespeare que dice Hamlet.

El nivel de ambos conciertos resultó apabullante. Esto es lo que, en ocasiones, por suerte frecuentes, hace de esta ciudad degradada un destello de Londres, París o Nueva York. Gracias a sus artistas, claro, y casi exclusivamente a ellos.

Alejandro Spies en la piel de un rey loco con música de Maxwell Davies. Foto: Gentileza Prensa Arthaus.

“Lunáticos” se llamó la propuesta que es parte del ciclo de conciertos de Arthaus. Buen denominador común, que varios de los músicos de nuestro medio asumieron en toda su extensión bajo la dirección experta, comprometida (y la vez respetuosa de las líneas casi solistas) de Pablo Druker. Pero la manera de mostrar ese binomio integrado por las Ocho canciones para un rey loco del inglés Peter Maxwell Davies (que nos dejó en 2016) y las veintiuna del Pierrot Lunaire, fue magistral. Una sencilla puesta que ubicó al cantante en una tarima y determinó movimientos en el limitado espacio libre (aun menos por el número de asistentes), duplicado por la actuación de Patricio Pena en el Pierrot, funcionó aportando a una música compleja la cuota de inmediatez que la hace tangible. Alejandro Spies descolló en su abordaje del demente Jorge III, en una partitura que lleva su voz a los extremos de su tesitura, y una actuación que lo compromete hasta el paroxismo, solo comparable en mi recuerdo a la de Marcelo Lombardero en El cimarrón de Henze. Eugenia Fuente agregó lirismo y solvencia expresiva a ese particular parlato que es el sello de fábrica del inventor del dodecafonismo en materia de vocalidad. La proyección de los textos terminó de redondear la experiencia.

Eugenia Fuente abordó las tres veces siete canciones del Pierrot Lunaire de Schoenberg. Foto: Gentileza Prensa Arthaus.

El domingo, en la Usina, en la sala de cámara que es uno de los mejores lugares para hacer este tipo de música en Buenos Aires, hubo un clima de recogimiento casi ascético, un silencio que invitaba a la escucha, casi sin esfuerzo. Fernanda Morello desplegó toda su reconocida poética al teclado, en perfecto entendimiento con Daniela Tabernig, que llevó al extremo el poder comunicativo y también evocativo de las Canciones de Rückert, en un abordaje casi operístico, de hondo impacto. Intensos momentos fueron el Nocturno de Grieg, única pieza que Morello tocó sola, con incuestionable fraseo, y fuera de programa la “Canción de la luna” de Rusalka, con Tabernig ya más allá de sí misma.

En ambos casos, destaco algo esencial: se advierte que detrás de estas interpretaciones que reseño hay pensamiento. No hay el obrar compulsivo del virtuoso puro ni de quien hace algo por rutina o por cantidad, sino la resultante de un trabajo conjunto fundado en el conocimiento, el afecto y el compromiso. Así, parece ser, se hacen las grandes cosas.

Daniel Varacalli Costas

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