De Mahler a Schoenberg, sin escalas
Daniela Tabernig, soprano. Fernanda Morello, piano. Alma Mahler: Cinco Lieder de Alma Mahler (Selección). Die stille Stadt, (La ciudad silenciosa), In meines Vaters Garten (En el jardín de mi padre). Gustav Mahler: Canciones de Rückert. “Blicke mir nicht in die Lieder” (No mires mis canciones) “Ich atmet’ einen linden Duft”. (Aspiré una suave fragancia). “Um Mitternacht” (A medianoche). “Liebst du um Schönheit” (Si amas la belleza). “Ich bin der Welt abhanden gekommen” (Me he retirado del mundo). Edvard Grieg: Nocturno, Op. 54 n. ° 4. “Te amo”, Op.5 n. ° 3, “Última primavera”, Op. 33 n. ° 2, “Un cisne”, Op. 25 n. ° 2, “Un sueño”, Op. 48 n. ° 6. Usina del Arte. Función del 21/6/2026.
El solsticio de invierno llegó a Buenos Aires justo en un fin de semana que, sin vocación de paradoja, reunió con pocas horas de diferencia dos propuestas de altísimo nivel musical vinculadas con la música de cámara y el canto.
Quizás convenga hablar primero de los extremos.
Porque, por una parte, el Ensamble Arthaus, dedicado a la música contemporánea
(o en este caso, mejor dicho, a los clásicos que fueron contemporáneos) sumó a
dos de las mejores voces de nuestro medio: el barítono Alejandro Spies y la mezzosoprano
Eugenia Fuente. Mientras que, por otra parte, en el ciclo de cámara de la Usina,
bajo la curaduría de Carlos Koffman, la pianista Fernanda Morello y la soprano
Daniela Tabernig, ofrecieron un formidable recital de cámara con obras de Alma
Schindler (sic), su esposo Gustav Mahler y Edvard Grieg.
Claro que los extremos se tocan. Porque si
alguien imagina como antitéticas una propuesta anclada en el corazón mismo del
Romanticismo y otra en la escritura libre que plantea el atonalismo, en un
amplio arco que abarca casi todo el siglo pasado, acaso esté equivocado. Porque
ambos programas, sin que quienes lo pensaron pudieran coordinarlo entre sí, dialogan.
Y porque en tren de extremos, los hay de un lado y otro del río. La mordacidad
agridulce del Pierrot es tan contemporánea como renacentista, con sus
claroscuros a lo Gesualdo, y la recreación de la locura de Maxwell Davies es
tan extrema como el corazón exiliado del eterno romántico que mira al absoluto,
el Mahler de “Me he retirado del mundo”, que parece no poder ir más lejos, más
abajo o más arriba de cualquier realidad posible, porque en realidad está solo,
y al mismo tiempo más acompañado que nunca, viviendo dentro de la música. Hay
cordura en su locura, como diría Hamlet. O como dice Shakespeare que dice
Hamlet.
El nivel de ambos conciertos resultó
apabullante. Esto es lo que, en ocasiones, por suerte frecuentes, hace de esta
ciudad degradada un destello de Londres, París o Nueva York. Gracias a sus artistas,
claro, y casi exclusivamente a ellos.
“Lunáticos” se llamó la propuesta que es parte del ciclo de conciertos de Arthaus. Buen denominador común, que varios de los músicos de nuestro medio asumieron en toda su extensión bajo la dirección experta, comprometida (y la vez respetuosa de las líneas casi solistas) de Pablo Druker. Pero la manera de mostrar ese binomio integrado por las Ocho canciones para un rey loco del inglés Peter Maxwell Davies (que nos dejó en 2016) y las veintiuna del Pierrot Lunaire, fue magistral. Una sencilla puesta que ubicó al cantante en una tarima y determinó movimientos en el limitado espacio libre (aun menos por el número de asistentes), duplicado por la actuación de Patricio Pena en el Pierrot, funcionó aportando a una música compleja la cuota de inmediatez que la hace tangible. Alejandro Spies descolló en su abordaje del demente Jorge III, en una partitura que lleva su voz a los extremos de su tesitura, y una actuación que lo compromete hasta el paroxismo, solo comparable en mi recuerdo a la de Marcelo Lombardero en El cimarrón de Henze. Eugenia Fuente agregó lirismo y solvencia expresiva a ese particular parlato que es el sello de fábrica del inventor del dodecafonismo en materia de vocalidad. La proyección de los textos terminó de redondear la experiencia.
El domingo, en la Usina, en la sala de cámara
que es uno de los mejores lugares para hacer este tipo de música en Buenos
Aires, hubo un clima de recogimiento casi ascético, un silencio que invitaba a
la escucha, casi sin esfuerzo. Fernanda Morello desplegó toda su reconocida poética
al teclado, en perfecto entendimiento con Daniela Tabernig, que llevó al
extremo el poder comunicativo y también evocativo de las Canciones de Rückert, en un
abordaje casi operístico, de hondo impacto. Intensos momentos fueron el Nocturno
de Grieg, única pieza que Morello tocó sola, con incuestionable fraseo, y fuera
de programa la “Canción de la luna” de Rusalka, con Tabernig ya más allá
de sí misma.
En ambos casos, destaco algo esencial: se
advierte que detrás de estas interpretaciones que reseño hay pensamiento. No
hay el obrar compulsivo del virtuoso puro ni de quien hace algo por rutina o
por cantidad, sino la resultante de un trabajo conjunto fundado en el conocimiento,
el afecto y el compromiso. Así, parece ser, se hacen las grandes cosas.
Daniel Varacalli Costas



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