Ópera en el SODRE: Donizetti en la pampa
L’elisir d’amore. Ópera en dos actos de Gaetano Donizetti. Dirección musical: Miquel Ortega. Dirección de escena y vestuario: Vivien Hewitt. Escenografía: Giacomo Callari. Iluminación Martín Siri Galán. Video: Renata Sienra. Coreografía: Jorge Caride, Federico Olivera. Reparto: Juan Francisco Gatell, Marga Cloquell, Lisandro Guinis, Alberto Cazes, Ana Escudero. Orquesta Juvenil Nacional de SODRE. Coro Nacional del SODRE. Dirección: Esteban Louise. Escuela Nacional de Formación Artística del SODRE. Área Folklore. Coproducción con Pro Ópera, sociedad uruguaya. Auditorio Nacional Adela Reta. Sala Eduardo Fabini. Función del 21/8/2026.
La ciudad de
Montevideo dispone actualmente de dos espacios oficiales para la ópera: el Teatro
Solís y el Auditorio Nacional, llamado Adela Reta en homenaje a su impulsora y
que pertenece al SODRE, el histórico sistema de radiodifusión estatal uruguayo
que, a diferencia del Solís, dispone de cuerpos artísticos completos y talleres
adjuntos.
Aunque los
títulos programados no llegan a constituir una temporada lírica, todos los años hay sorpresas
que valen la pena, como esta coproducción del SODRE con la sociedad uruguaya Pro Ópera . En este caso, montar L’elisir d´amore con un elenco
encabezado por dos artistas de carrera internacional -como el argentino Juan
Francisco Gatell y la española Marga Cloquell- despierta a priori el
máximo interés. Lo mismo que apreciar el trabajo de Vivien Hewitt, directora
escénica nacida en Irlanda y residente en la Toscana, compenetrada con la ópera
italiana desde hace décadas.
También a
priori despertaba dudas la intervención de la Orquesta Juvenil del SODRE en
el foso, en lugar de la orquesta profesional, como hubiera correspondido a la
entidad de la propuesta. Ello no obstante, el trabajo del catalán Miquel Ortega
en el podio resultó logrado, tanto por el balance como por la concertación, más
allá de ciertas lógicas debilidades de sonido y de articulación que, sin
embargo, se compensaron con la importancia de entrenar a un elenco joven en el
acompañamiento de una ópera de repertorio, y hasta de contar con un trompetista
que tocó muy bien en escena. El resto de los cuerpos, como el Coro del SODRE,
dirigido por Esteban Louise, salvo algún desajuste inicial, y la Escuela de
Formación Artística del Sistema en el área Folklore, cumplieron una tarea de
buen nivel.
Si puede
llamar la atención la mención del folklore, se explica porque la puesta de
Hewitt apostó a relocalizar la acción de L’elisir… en un pueblo de
nuestra pampa austral, con pulpería incluida, aunque la participación del Regimiento de Blandengues y la
utilización de sus trajes originales acusan con precisión la impronta
oriental. Pero como toda idea escénica, no es en la teoría sino en su ejecución
donde se juega su acierto, y aquí demostró funcionar muy bien para la historia
de Felice Romani basada en Scribe: todo pueblo, con su componente ingenuo, sus
picardías y aun su ignorancia (Nemorino es analfabeto como lo eran la mayoría
en nuestra pampa y también en Europa antes de que comenzara el siglo XX) se
parece a otros pueblos y sus habitantes, más allá de sus exactas localizaciones.
Y es aquí
donde L’elisir d’amore deja de ser una historia meramente naif,
para justificar su merecida fama: en ella se juegan aspectos básicos de la
condición humana, no sólo en el orden de la necesidad sino inclusive de la pura malicia. Nemorino es un paria hasta que las pueblerinas se enteran de que ha cobrado
una herencia, ahí se le acercan con desembozado interés. Y si Adina lo rechaza al
comienzo por su inferioridad social, aun sin saber -no hay indicios de
ello en el libreto- que Nemorino se había vuelto rico de la noche a la mañana, decide rendirse a su asedio amoroso porque advierte que ya ha sido objeto de atención de otras
mujeres. Dulcamara es un cínico, simpático y sin moral como muchos empresarios, vendedores
y políticos. Y Donizetti conocía todo esto de primera mano porque
fue uno de los compositores más pobres que conoce la historia de la música: no
tuvo una familia musical y nació en la marginalidad más profunda en un borgo de
las afueras de Bérgamo. Y como si la riqueza de la obra fuera poca, está el
filtro -el elixir- que el guion conecta explícitamente con el de Tristán e
Isolda y que, como todo hechizo o maldición, más allá de su valencia, es
siempre placebo que solo sirve para revelar una elusiva realidad que de otro modo nunca conoceríamos.
Vivien Hewitt
rescató cada arista de esta simpática e inoxidable obra maestra y permitió
disfrutarla da capo al fine, a lo que se suma que en lo musical la obra
se dio sin cortes.
En cuanto al
elenco vocal, la pareja protagónica rayó a un primer nivel, siempre en estilo.
Juan Francisco Gatell es una de las grandes voces argentinas en el mundo; pese
a un anunciado resfrío, encarnó un Nemorino convincente y de voz expresiva y
entera; a su lado la Adina de la mallorquina Marga Cloquell fue ágil, ligera y
juvenil, desafiando su propia cronología. En un segundo plano tuvieron un buen desempeño el también argentino Lisandro Guinis como Dulcamara, pese a la enorme tradición bufa de su personaje, y que se echara de menos entre tanta machietta algo más de canto, pero convincente al fin; al igual que Alberto Cazes, de voz algo licuada pero segura y experimentada. Correcta asimismo la Gianetta de Ana
Escudero.
En suma: una
apuesta de alto nivel del SODRE, que cumplió en todos los frentes al ofrecer un
espectáculo que sostuvo la atención, entretuvo, y musical y vocalmente sirvió con la indispensable calidad a
uno de los clásicos de la historia de la ópera. El público agradeció fervorosamente.
Daniel
Varacalli Costas



Está muy bien la nota, excepto porque el cronista olvida, no sabemos si deliberadamente o por simple distracción, que la presentación de esta obra fue una coproducción del SODRE con Pro Opera.
ResponderEliminarEstimado Antonio. No es nada deliberado, es simple distracción por venir de la otra orilla del Plata. Ya fue agregado a la ficha técnica y al texto. Gracias por su aclaración.
ResponderEliminar