Filarmónica de Buenos Aires: calidad y emoción
Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: Marc Albrecht. Programa: Robert Schumann: Concierto para piano y orquesta en La menor, Op. 54. Solista: Nelson Goerner, piano. Richard Wagner: Obertura de “Los maestros cantores de Nurenberg”. Obertura y Bacanal de “Tannhäuser”. Preludios de los Actos I y III de “Lohengrin”. Función del 14/6/2026. Teatro Colón.
El
séptimo concierto de Abono de la Filarmónica de Buenos Aires, que está
celebrando su 80º aniversario, ofreció calidad y emoción por partes iguales.
Si
la emoción recorrió todo el concierto -dedicado al inicio a la memoria de la violista Ana Tauriello- y alcanzó su pico al final, la calidad se
explica porque tanto el director como el solista son artistas de alto calibre.
Marc Albrecht nació en Hannover en 1964, es hijo de un director de orquesta y
fue asistente de Abbado en Viena en la Orquesta Gustav Mahler. Luego transitó
por Dresde, Munich, Estrasburgo y actualmente es titular en Amberes. De Nelson
Goerner poco podemos agregar por ser uno de los artistas argentinos de mayor
carrera en el mundo y más apreciados en nuestro país. Su carisma no es el de un
virtuoso -aunque lo sea-, sino el de un artista honesto, que transmite una mística
interior tan personal como intransferible.
Ambos
artistas se encontraron en el Concierto
de Schumann a través de un diálogo sin fisuras. Fue notable cómo Albrecht decidió
acompañar al solista con la mirada y el gesto, subrayando en cada momento el
intercambio, atendiendo a los detalles y cuidando el balance con la orquesta,
que siempre sonó ligera y fluida, con muy buen aporte de las maderas. El
resultado fue un Schumann de sensible fraseo y luminoso discurso, absolutamente
consistente y comunicativo, sin estridencias. Fuera de programa, Goerner
ofreció dos piezas contrastantes: un sutil Intermezzo
de Brahms, que le va perfecto a su toque y su personalidad, seguido de un
virtuoso Preludio de Rachmaninov, que
selló su despedida antes un público que lo ovacionó.
Luego
del intervalo, la Filarmónica abordó un repertorio que no le es habitual, acaso
por su filiación operística, pero que resultó muy efectivo, además de necesario:
el Preludio (u Obertura) de “Los maestros cantores”, la Obertura de “Tanhäusser”
seguida de la flamígera Bacanal, de la versión de París (muy poco frecuentada)
y los contrastantes Preludios a los Actos I y III de “Lohengrin”.
Albrecht
demostró su pericia en la concertación de estas obras que exigen todo de cada
sector de la orquesta. Apeló en general, siguiendo las tendencias actuales, a
un pulso rápido (lejos parece haber quedado la tradición que en la materia encarnaba
un Knappertbusch) y a un relativo empaste que no va nunca en desmedro del color
orquestal. Se trata, además de un enfoque que permite resolver algunas dificultades
(como las siempre inestables escalas de la Obertura de “Tannhäuser” que deben
asumir las cuerdas cuando los bronces exponen plenamente el himno inicial). En otros
casos, como el del Preludio al Acto III de “Lohengrin”, la velocidad puso a
prueba a las cuerdas en los vertiginosos trémolos, también contra la línea de los
bronces, así como la afinación en el Preludio al Acto I, materia en la que las
cuerdas salieron airosas en su tesitura más alta y en los complejos divisi. Algunas inexactitudes de los
bronces no hicieron mella en este capítulo wagneriano que despertó el fervor de
un público que pocas veces se expone en vivo a una música tan poderosa.
Se
trató, en suma, de un programa bien armado y pensado, lejos del esquema de dos
sinfonías en un mismo concierto que representa un injustificado exceso para los músicos
y para el público. Aquí se siguió una línea –de Schumann a Wagner- que tuvo en el
Brahms de Goerner el eslabón que faltaba para redondear el diálogo necesario
entre los compositores elegidos.
En
el final, la flamante concertino adjunta Tatiana Glava (de excelente desempeño
en el concierto) anunció la prevista despedida de Elías Gurevich, que agradeció
con profunda emoción sus 40 años en la Filarmónica porteña. Quienes hemos
tenido el privilegio de seguir su carrera, desde aquellos lejanos tiempos en los
que su pelo largo y su figura juvenil lo hacía reconocible en su fila, hasta su
evolución solística tan bien plasmada en sus trabajos camarísticos, desde el
Trío Argentino en adelante, sabemos que la presencia de Elías Gurevich se echará
de menos en la Filarmónica. Tanto como que estamos seguros de que seguiremos
escuchándolo en cada ocasión en que la música lo convoque para ejercer su arte.
Daniel Varacalli
Costas

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