Un estreno de Britten que se hizo esperar
Billy Budd. Ópera en dos actos de Benjamin Britten. Libreto de Eric Crozier y Edward Morgan Forster. Dirección musical: Erik Nielsen. Dirección de escena: Marcelo Lombardero. Escenografía: Diego Siliano. Iluminación: José Luis Fiorruccio. Vestuario: Luciana Gutman. Reparto: Toby Spence, John Chest, Hernán Iturralde, Alejandro Spies, Fernando Radó, Homero Pérez Miranda, Pablo Urban, Sebastián Angulegui, Leonardo Estévez, Gonzalo Araya, Santiago Martínez, Luciano Garay, Gustavo Gibert, Mario de Salvo, Mauricio Meren, André Cofré, Cristian de Marco. Orquesta Estable del Teatro Colón. Coro Estable del Teatro Colón. Director: Miguel Martínez. Coro de Niños del Teatro Colón. Directora: Helena Cánepa. Función del 1/7/2024.
Hace cuarenta y dos años,
con las heridas de la Guerra de Malvinas demasiado frescas, el estreno latinoamericano
de Billy Budd, la séptima creación de
Benjamin Britten para el teatro musical, no pudo hacerse realidad en el
escenario del Colón. Así lo reconoció en una entrevista que le realicé en 2004 el
maestro Steuart Bedford, cuando vino por última vez a la Argentina para dirigir
La muerte en Venecia, también del
compositor británico. En aquel momento, Marcelo Lombardero estaba por asumir
como director artístico del Colón (fue él quien programó el estreno de Sueño de una noche de verano de Britten
en 2006) y no casualmente es ahora quien firma la puesta en escena de este
título que se estrenó para América latina en 2013, en los teatros municipales
de Santiago de Chile y Rio de Janeiro. En la temporada 2025 el Colón viene a
saldar esta deuda con la ópera del siglo XX, eligiendo a tal efecto la versión
en dos actos de 1964 con que el compositor sustituyó la original en cuatro, de
1951.
La nouvelle de Herman Melville en que se basa la ópera propone un
relato tan simple como abierto a múltiples interpretaciones. Desde la primera
línea el escritor norteamericano define a Billy Budd como el “marinero bonito”,
a la vez que ingenuo y tartamudo en momentos de crisis. Demás está decir que en
un barco de guerra colmado de reclutas forzosos, Billy se perfila como boccato di cardinale. La decisión de que
todo el elenco de la ópera sea masculino –algo casi inevitable- refirma la
tesis de que Billy Budd cuenta una historia homosexual, tema tan connatural a
Britten como el del sufrimiento y la expiación. Por su parte, Lombardero
resulta una vez más fiel a su pensamiento y elige subrayar -él mismo lo
declara- la arbitrariedad del poder, la injusticia y el sometimiento que la
historia refleja, más allá de su homoerotismo. Su puesta en escena es consecuencia
de esta elección, y en tal sentido resulta ejemplar. No es de esperar en este
caso cambios de época ni provocaciones innecesarias: el director de escena
prefiere que la ópera hable por sí misma, sin aditamentos ni contorsiones. La
cubierta del barco, vista desde distintas perspectivas, y la cabina del capitán
componen la escenografía, firmada por Diego Siliano, y permiten alternar
exteriores con interiores. Sólo cabría observar que estos últimos ubican a los
cantantes más atrás en el escenario (al margen de las proyecciones que les dan
profundidad) con alguna afectación al volumen de las voces. Dado que en la ópera
–a diferencia de su fuente literaria- la historia de Billy es un recuerdo del capitán Vere, Britten añade un prólogo y un epílogo en los que el personaje se dirige
al oyente, enmarcando la narración. Para esos momentos, Lombardero situó al capitán
en el patio mismo de butacas, con vestimenta civil, como una manera de involucrar
al público. El resto del vestuario, de Luciana Gutman, es de época, con
especial destaque de los uniformes militares; mientras la iluminación de José
Luis Fiorruccio resulta funcional a cada propósito dramático que se plantea.
Los personajes principales
de esta ópera –el capitán Vere, el marinero Billy Budd y el maestro de armas
John Claggart- fueron asumidos respectivamente el día del estreno por tres
cantantes de excelente desempeño: el inglés Toby Spence (de habitual presencia
en el Covent Garden), el estadounidense John Chest (quien ha hecho el rol protagónico
en Berlín y San Francisco) y el argentino Hernán Iturralde, como siempre de
impecable profesionalismo, en esta ocasión encarnando al personaje malvado.
El resto del elenco,
integrado por artistas locales –aspecto por todos conceptos destacable-, se
desempeñó con homogéneo nivel, sobresaliendo, en lo vocal y actoral, Leonardo
Estévez como el experimentado Dansker. La Orquesta Estable, bajo la dirección
de Erik Nielsen (EE.UU.) cumplió una tarea discreta, con algunos pasajes de
vientos destemplados, aunque bien balanceada para las voces. El extenso solo
de saxo fue estupendamente interpretado por María Noel Luzardo. En las escenas de
conjunto, tanto el Coro Estable, dirigido por Miguel Martínez, como el Coro de
Niños, dirigido por Helena Cánepa, cumplieron tareas dignas del mayor elogio.
En cuanto a la obra en sí,
aspecto ineludible tratándose de un estreno local, puede decirse que se trata
de una ópera profesionalmente compuesta, bien en el estilo que caracterizó a
Britten, eficaz en las definiciones dramáticas de los personajes y en la
creación de climas, aunque la música tienda a restringir todo el tiempo su
paleta de emociones, seguramente para evitar caer en cualquier tipo de
tentación romántica. También son débiles, aunque climáticos, los interludios
escritos para los cambios de escena, que el régisseur
resuelve con una pantalla que simula el movimiento de la superficie marina
vista sugestivamente desde abajo. Así, no son muchos los momentos que resultan cantabiles: podrían citarse el aria de presentación del rol de título (“Billy Budd, king of the birds”),
así como la muy bella elegía “Look through the port comes the moonshine astray”
y la despedida “And farewell to
thee, old Rights o’ Man”, con la réprise
de motivos ya escuchados. El aria de Claggart “O beauty, oh
handsomeness” es una suerte de Credo
de Yago del siglo XX, pero sin las sutilezas del texto de Boito: aquí la maldad
se presenta con insistente obviedad. También resulta excesivamente larga la
segunda escena con las diatribas contra los franceses. Acaso sea éste el
aspecto menos valioso de esta ópera: su libreto. Confiado al experimentado
amigo y productor de Britten Eric Crozier, y al escritor Edward Morgan Forster,
el resultado se aparta del texto de Melville en un aspecto esencial: el capitán
en la nouvelle muere casi
azarosamente, poco tiempo después de que cuelguen a Billy, mientras que el
marinero es recordado por un bello poema. Las presentaciones del capitán en la ópera, en
cambio, no son felices, en particular el texto previo a la bajada del telón -así como su
música-, con palabras vacilantes que oscilan sin mucho sentido entre el arrepentimiento y la
redención. En su estilo, semejan a los
cierres de los filmes épicos de la década de los años ‘50, cuando la obra fue
concebida, y acusan el paso del tiempo, en esta producción compensado por la
impactante imagen del cuerpo de Billy Budd hundiéndose en las profundidades
marinas.
Acaso por estos motivos, Billy Budd no sea una obra maestra –en el propio catálogo de Britten no puede
aspirar al nivel de Peter Grimes ni
al de La vuelta de tuerca-, pero es
una ópera bien construida que sin duda merece un lugar permanente en el
relegado repertorio de ópera del siglo pasado. De allí que por haber sido
programada e interpretada al más alto nivel resulte un verdadero acierto de la
temporada 2025 del Teatro Colón.
Daniel
Varacalli Costas
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